domingo, 29 de abril de 2012

Héctor Abad, colono

Hacer un comentario sobre algo idiota es un asunto peligroso: se puede caer en la estupidez, como por contagio, o se puede terminar publicitando, y hasta legitimando, la idiotez que se comenta. Aún así, a veces vale la pena correr el riesgo, pues muchas veces la majadería deja ver mejor los problemas que las elaboraciones sofisticadas.

Varios amigos han estado comentando la reciente idiotez de las columnas del escritor Héctor Abad Faciolince. Sus opiniones sobre casi todo, me dicen, han dejado de ser comentarios sensatos, para convertirse en elaboraciones facilonas de prejuicios. Casi todos mencionan como ejemplo sus desatinos sobre el teatro; a mí me parecen más interesantes sus desatinos sobre la identidad latinoamericana.

En una de sus últimas columnas, dedicada a la Cumbre de las Américas, se queja de la retórica antiimperialista. Su conclusión es que  «si queremos independizarnos “del yugo imperial yanqui”, entonces que sea solamente para volver —como quería [Álvaro] Mutis— al tibio seno generoso de la vieja Europa. En crisis y todo, a Europa le va mucho mejor que a nosotros». Según Abad, nos iría mejor como «departamentos de ultramar» de los europeos porque su modelo de civilización, con todos sus fracasos, es el mejor que se ha inventado en cinco mil años. 

En otra columna, había escrito contra las políticas de acción afirmativa orientadas a las minorías étnicas. Argumentaba allí que definir con precisión quién debería beneficiarse de estas políticas (si es que alguien debería hacerlo) era caer en el mismo tipo de pensamiento de la ultraderecha racista. Para Abad, no vale la pena pensar en razas o etnias en Colombia porque todos somos bastardos, y por lo tanto basta con la categoría homogénea de «mestizo» para despachar todos los problemas asociados a la conflictiva diversidad del país.

Foto de Daniela Abad
En este comentario no alcanzaría a exponer las razones para refutar con propiedad los argumentos de Abad. Habría que empezar por decir que la vara con que se mide el éxito europeo viene de Europa, y que por eso siempre la medición llevará a la conclusión de su superioridad. Habría que señalar que incluso la idea de buscar modelos sociales en naciones ya es sesgar la mirada hacia una manera Europea de entender el mundo. Habría que recordar que la explotación a las colonias no fue un hecho incidental, como implícitamente afirma Abad, sino que fue (y sigue siendo) la condición inicial del bienestar de Europa. Por último, habría que explicar que las políticas de la diversidad y de la identidad no nacen para preservar purezas inexistentes, sino para enfrentar discriminaciones y violencias estructurales; y que el hecho de que todos seamos mestizos no significa que históricamente todos hayamos sido tratados con la misma dignidad, de modo que ignorar esa exclusión es ayudar a perpetuarla.

Cada argumento aquí esbozado requeriría de muchas páginas. Por ahora, solo quiero comentar que  la reivindicación de ese mestizo sin problemas de identidad y el deseo de «volver» al vientre de la civilización europea hacen parte de una misma forma de pensar. De hecho, sus recientes columnas son sintomáticas de lo que creen muchos de nuestros intelectuales bienpensantes. Las ideas de Abad, de un origen más viejo que las retóricas antiimperialista y de identidad que él denuncia, se pueden esquematizar del siguiente modo:  hay que purificar este territorio para que, algún día, se adapte del todo a un ideal modelo europeo de pensamiento. Se podrán conservar los elementos locales,  pero estos deberán organizarse dentro de ese modelo esencialmente superior. El problema es que en Colombia no se ha avanzado lo suficiente en esa dirección. 

Lo que no parece entender Héctor Abad es que el proceso mismo de implantar ese modelo es en gran medida el causante del sufrimiento que lo rodea. Las dos últimas columnas de Abad versan sobre Brasilia y sobre la traducción, respectivamente. En la primera, repite el ya sabido horror de la ciudad planeada con perfecta racionalidad, pero que no se adapta a la complejidad humana. Incluso en esta inocente columna, Abad ignora cómo eso que lo horroriza es la consumación de su propio sueño de arreglar Latinoamérica sin entenderla. En su última columna, elogia el oficio del traductor, pues logra hacer puentes entre formas de pensar diferentes a las nuestras. Abad no ve que el maravilloso ejercicio mental que posibilita la traducción se puede hacer en ámbitos distintos; él podría, por ejemplo, intentar entender esas otras realidades (o escuchar a quienes se han ocupado de buscar esos puentes, esas traducciones), antes de negarles a los otros sus derechos o declarar que su destino es adaptarse a un modelo supuestamente superior.

Por supuesto, la relación entre el eurocentrismo y la miseria, la violencia y la corrupción no es directa, pero existe. La utopía de un mundo a la europea sólo tiene sentido si se hacen varias operaciones mentales perversas: primero, hay que engrandecer artificialmente a Europa (incluso con sus horrores, como suele hacer Abad en varias columnas). Segundo, en virtud de alcanzar ese modelo engrandecido, hay que negar la diversidad, es decir, reducirla a una variante cultural que debe obedecer y adaptarse al modo de ser de un grupo. Tercero, hay que desconocer la historia de brutalidad que ha rodeado la diferencia en nuestras sociedades. La idea del mestizo como alegre bastardo sin problemas de identidad, destinado al cosmopolitismo, se sustenta en la imagen de un sistema social en el que no hay conflictos culturales, o estos se ignoran.

Pero la mentalidad de la que viene esta manera de pensar no es, como pareciera, la de los conquistadores; tampoco la de las viejas élites criollas (herederas de los conquistadores). Es la mentalidad del colono.

Los colonos han sido un grupo social contradictorio: continuamente expulsados por la pobreza, por los poderes centrales y por los terratenientes, fueron lentamente ocupando lugares cada vez más alejados del país, sólo para ser expulsados de nuevo. Pero, al mismo tiempo que víctimas, han sido los artífices de la expansión civilizadora con toda su brutalidad: cacería de indígenas, violencia racial, desastre ambiental. Son los que han completado la gesta de los antiguos conquistadores europeos, aunque no disfruten de las mieles de las grandes extracciones de riquezas que estos gozaron, ni sean reconocidos sino como ciudadanos de segundo orden.


 
Hoy en día, sin embargo, hay otra acepción para la palabra «colono»: un citadino de clase media más o menos acomodada que, sin ser un gran dueño de tierra, decide lanzarse al mundo rural para convertirse en pequeño terrateniente. Este nuevo colono está lejos del gran poder, pero se encarga de «domar» los territorios alejados de los centros urbanos (es decir, arrasarlos para volverlos productivos). Creo que muchos de esos nuevos colonos tienen una ideología: una mezcla de emprendimiento e ignorancia, de afán civilizador y complejo de inferioridad, de alegre negación de la diferencia en nombre de un progreso difuso. Esa ideología se ha expandido más allá del ejercicio mismo de la nueva colonización y su violencia. Ahora aparece como discurso, en la pluma de un novelista menor, disfrazada de amabilidad y sentido común.

2 comentarios:

  1. Quizá lo que se nos propone en nuestras academias sea exactamente ser colonos: conquistar parcelas de la realidad al modo europeo o estadounidense, en busca de que ellos nos nombren como "civilizados". El efecto es el mismo que denuncias con respecto a las columnas de Abad, pero esta vez no con el soporte soterrado de lo trivial, sino con la potencia de la "verdad científica".

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  2. No había pensado que se podría aplicar al problema de la academia en el tercer mundo. Hay que darles vueltas. Creo que sí que se encuentra esa mezcla de complejo de superioridad con respecto a lo que está "afuera" y complejo de inferioridad con respecto a lo que pasa "allá".

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