martes, 4 de octubre de 2016

Mi venganza





-Para Ángela Pinzón y Héctor Castillo, en los días después del No


No acepto la condescendencia de decir que una sociedad que se lanza al odio y a la autodestrucción lo hace siempre por ignorancia. No. Las mentiras que les dicen sus líderes a veces son, en efecto, para ocultar verdades inadmisibles. Pero muchas veces son coartadas morales. Quienes las escuchan saben que no los engañan sino que les dan un cuento para sentirse bien, aunque actúen desde la mezquindad. Saben que reemplazan los actos difíciles que implican buscar el bien común por historias que justifican emociones oscuras. Lo sé porque los he visto muchas veces, y porque yo he sido así también. Muchos de ellos no dimensionan el daño que hacen porque su principal decisión ética ha sido no dimensionar ese daño. No son así con todo, ni todo el tiempo, pero muchas veces es lo único que muestran. ¿Qué los mueve? ¿Autoritarismo, envidia y venganza? Lo cierto es que ante todo quieren desaparecer aquello que, con su sola existencia, hace que su vida desluzca. En eso consiste su odio.

Image result for colombia plebiscito bojayaA veces me imagino que puedo vengarme de algunos de ellos. Es una venganza pequeña, pero para mí, basta: imagino que tienen hijos. Uno de ellos crece y no les cree más; piensa que debe hacer algo distinto. Busca opciones, y se transforma. Imagino que yo participo de ese proceso. No lo inicio, no lo guío, pero doy un empujón. Ayudo a la hija a alejarse de la coartada moral. Ahora ella va a trabajar en contra de la mezquindad de sus padres. Así me vengo de ellos por haber arruinado la posibilidad de que la sociedad en que vivo mejorara un poco.

*

Hay una historia que he escuchado muchas veces, sobre todo de gente que ahora tiene sesenta años y vivió  los movimientos sociales y culturales de los 70 y los 80. Sus padres eran ultraconservadores, laureanistas o liberales de whisky o de tamal. Los hombres tenían que ser machos, las mujeres rectadas, y todo lo que fuera pensar distinto se resolvía con una cachetada. Colegios de curas o monjas y compañeros conformistas. Pensaban que estaban solos, pero tenían la certeza de que lo que les presentaban no era el camino, que ser minoría no los eximía de luchar y vivir a contrapelo. Tenían que romper con su familia, fuera en confrontación directa o, más difícil aún, en una lucha interna que implicaba reconocer las taras internas.

A veces compartían sus ideas con otros, y poco a poco encontraban gente que seguía su mismo impulso. Casi siempre los más viejos les decían que no fueran ilusos, que cuando crecieran verían como eran las cosas: les auguraban conformismo. Pero a veces aparecía alguien mayor que ellos y que no era conformista. Sí, no tenía la vitalidad de ellos, pero conservaba la integridad. Les decía que las desilusiones eran para decantar y madurar, pero que eso no significaba volverse cínicos sino agudos. Esa persona les había ayudado a encender la llama.

A algunos de ellos les ocurrió que esa llama se convirtió en un deseo de cambiar la sociedad. Formaron grupos, se organizaron actuaron. Y siempre pasó un momento en que creyeron que sus intentos estaban a punto de dar resultado y que su generación era la del punto de quiebre. De repente las cosas se malograban, en gran medida porque justamente su generación se parecía más a los padres represores que al futuro que imaginaban. Habían olvidado que eran igual de pocos a cuando estaban solos en el colegio. Entonces sentían el puñal de la traición de su pares. Muchos de ellos terminaron volviéndose cínicos: si veían un joven entusiasta lo desanimaban. Otros en cambio se dieron cuenta que la historia es más larga que una vida humana y que los actos inmediatos solo son un tejido mínimo en la complejidad del mundo. Entonces, cuando menos pensaron, ya se habían vuelto como esa vieja obstinada e irónica que les había dicho que siguieran, que no le creyeran a los viejos pecuecos que los atajaban.

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Siento que debería ayudar a encontrar una solución. Nuestros actos son apenas tejidos, y estamos tejiendo en medio de un huracán. Podemos tejer con el ojo mezquino de nuestra propia frustración, y maldecir el viento y el agua que nos arruina la lana.  Eso no es otra cosa que la rabia de verificar la obviedad de que hay un gran vacío entre el poder individual y el deseo. Podemos también tejer abriendo los ojos y fijándonos la tormenta.

lunes, 15 de agosto de 2016

Los colegios, los valores y la amenaza gay

Cuando era niño era homofóbico. No sé por qué. Mis padres no lo eran, al menos no explícitamente. Cerca de mi casa había varias peluquerías de barrio, y había una en la que todos los peluqueros eran o travestis o abiertamente homosexuales. La idea de un peluquero homosexual  era un lugar común en Colombia, en gran medida porque era uno de los trabajos dignos que podían ejercer. Aunque muchos peluqueros no eran homosexuales, al parecer las mujeres los preferían  porque se creía que los hombres cortaban mejor el pelo que las mujeres, pero al ser gays no  había riesgo de que las manosearan. Como, a diferencia de otros países, en Colombia no es común segregar por sexos las peluquerías, estas eran pequeños espacios de relativa tolerancia de género. Digo relativa porque yo mismo era un ejemplo de intolerancia: no entraba en la peluquería de los maricas porque me daba miedo y repulsión. Recuerdo que incluso le hablé del tema al peluquero del lado, que no me parecía gay, pero que ciertamente se incomodó con mi comentario. Tal vez fue en el colegio donde me enseñaron a repudiar a los gays, aunque no creo que lo hicieran directamente. Recuerdo, sí, una profesora que decía cosas como que las tijeras eran una herramienta solo para mujeres y que los únicos hombres que podían usarlas eran, justamente, los peluqueros.

Película Hotel Gondolín
La siguiente vez que interactué con una persona abiertamente homosexual debía tener unos doce años. Se trataba de un amigo de mi madre. Ya para ese momento no era homofóbico, pero no recuerdo cuándo ni cómo cambié. Creo que simplemente estaba mejor informado, tal vez precisamente por mis padres. Ellos solían decirme que no creyera nada de los que los profesores decían en el colegio, sobre todo cuando se trataba de la moralidad.

Ayer hubo una marcha multitudinaria de cristianos en Colombia. Su intención era impedir un plan del Ministerio de Educación para luchar contra el matoneo y acabar con la discriminación por motivos de género. Es decir, fue una marcha para defender la violencia de género y la homofobia. Mi primera reacción, que permaneció durante todo ese día, fue la estupefacción. Me pregunté cómo alguien podía defender tan apasionadamente una actitud tan intolerante y agresiva. No era una pregunta retórica. Quería imaginar una forma de empatía con ese enorme grupo de personas que se habían organizado con tanta fuerza en torno al deseo de agredir a otros, y comprender de dónde viene la desesperación con la que defienden su derecho a la violencia.

Recordé en ese momento la percepción que tenía de las peluquerías durante mi infancia. ¿Qué me generaba esa mezcla de miedo y rechazo? Sobre el miedo, creo recordar que no venía de la posibilidad de que me hicieran daño (es decir, no creía que fueran pederastas), sino del hecho de que en sus gestos y vestimentas se transparentara más fuertemente la existencia del erotismo. Es decir, la amenaza estaba en que el travesti o el “amanerado” parecía estar poseído por un deseo sexual tan fuerte y descontrolado que lo había afectado y llevado al extremo de… vestirse inapropiadamente. Aunque no lo racionalizara así, creo que la amenaza que representaba para mí una persona diversa  residía  en la intuición que tenía de que los roles de genero, aún en sus manifestaciones aparentemente más inocentes (formas de vestir, pequeños gestos, etc.) implican un control y un enmascaramiento de la sexualidad. Aunque los peluqueros mostrasen tener más deseos sexuales que los demás, su forma de habitar el mundo, al ser inapropiada, revelaba la artificialidad de todas las otras formas de vestir y hacía evidente cómo quienes se refugiaban en lor roles de género tradicionales estaban también enmascarados.

En todo caso, el sentimiento más fuerte que tenía hacia los peluqueros en ese momento no era miedo sino repulsión. Era un rechazo similar al que genera contemplar una animal deforme, aun cuando es inofensivo (una paloma, por ejemplo). Era como si el hecho de que fueran diferentes implicara la alteración de un orden universal, o como si fueran la manifestación de una falla en el diseño del mundo y su existencia desafiara una forma de clasificación que se supone estaba completa.  Así, la maldad de los peluqueros no tenía nada que ver con nada que ellos hicieran, sino con el hecho de que su sola presencia destruía mi concepción de la realidad.

Por supuesto, estoy elaborando algo que en su momento fue solo una emoción infantil irreflexiva. Lo cierto es que, incluso sin tener unos padres homofóbicos, la cultura dominante ya se había alojado en mí con una fuerza arrolladora. Las ideologías y los prejuicios no se manifiestan generalmente en ideas, sino en emociones aparentemente espontaneas. Un niño, supuestamente único e inocente, puede ser desde muy temprano víctima y perpetrador de una manera injusta y destructiva de pensar y actuar. Es un -inocente- reproductor de la opresión y la violencia.

No recuerdo exactamente cuándo deje de ser homofóbico ni cómo transformé mi concepción sobre los roles de género. Ciertamente no fue en mi colegio, donde nunca aprendí nada parecido a la tolerancia o al respeto a los otros. Por supuesto, esas palabras se nombraban casi a diario, como parte de la constante, repetitiva y omnipresente obsesión por darnos educación en valores: los directvos hablaban de ellos, el profesor de ética daba clases sobre ellos, el profesor de religión hacía dinámicas para inculcárnoslos, la directora de grupo nos reunía para discutir acerca de ellos, y nos llevaban a “convivencias” para formarnos en ellos. Todos los intentos fracasaban estrepitosamente.

Tomado de http://etc.usf.edu/
Sin embargo, había otra educación en valores mucho más efectiva, pero que no se encunciaba abiertamente. En ella participaban los profesores y los demás compañeros al unísono. Era justamente una educación sobre género. En el caso de los hombres, había varias exigencias. Una de ellas era pelear. No solo metafóricamente, sino físicamente. Y siempre debían hacerlo para defender una frágil dignidad puesta en entredicho constantemente por los demas compañeros. Debían, también, ser capaces de insultar a los otros o de protegerse de los insultos de los otros. Debían tolerar las ofensas sin expresar ninguna emoción pero, cuando la agresión verbal escalaba demasiado, debían pelear a golpes. Eso era  lo que estaba en juego con lo que ahora llamaban matoneo y que en esa época no tenía nombre porque era algo omnipresente; simplemente se llamaba “el colegio”.

La lógica de la violencia como marca de lo masculino se proyectaba luego a las demás actividades de la vida escolar: al deporte, a la manera ocupar el espacio, a la relación con los profesores, etc. Las mujeres también peleaban a veces. Pero al parecer el grueso de su educación de valores de género tenía que ver con su integración a un sistema de agresiones e intrigas que giraban en torno a la belleza, a ser objetos sexuales y, al mismo tiempo, a preservar una cierta pureza sexual (la rechazada podía serlo por fea y/o por zorra). Por supuesto, en esta educación en valores no había espacio para la diversidad. Tan pronto aparecía un signo de desviación de la norma, era aplastado por la violencia social.

Yo nuca supe pelear. Era débil y torpe, y esa debilidad se proyectaba a una incapacidad para los deportes, para el baile y, finalmente, para la vida social. Afortunadamente, era rápido de palabra y sabía insultar bien. También me enfrentaba a los profesores para defender a los otros estudiantes. Eso hizo que los más peleadores me tuvieran simpatía y lograra sobrevivir sin casi haber sufrido de matoneo. Sobreviví al colegio, sí, pero no lo disfruté. Fue fuera de las aulas donde exploré mi personalidad y mi identidad. Allí solo quería que mi individualidad pasara desapercibida.

A mí me fue bien. Recuerdo un compañero que recibió tantos ataques que tuvo que salir del colegio, humillado y maltratado. Volvió de visita una vez; se había dedicado a hacer ejercicio compulsivamente. Su rostro suave e infantil contrastaba con sus músculos hipertrofiados. Igual, la gente no podía respetarlo ya; en su momento no había pasado las pruebas de la violencia masculina. Otro compañero, inteligente, pero feo, pobre y torpe, fue el blanco de burla de todos hasta el final. Supe después que se había vuelto abogado, graduado de una universidad prestigiosa, y se había convertido en un militante fanático de la extrema derecha. Recuerdo una chica que nunca fue victima de burlas, pues era simpática y guapa. Cuando nos encostramos casi diez años después, era un muchacho transgénero. Me dijo que siempre supo qué quería de sí mismo pero, como yo, simplemente había anulado su personalidad para pasar desapercibido y sobrevivir.

A veces sueño con que estoy en el colegio. Nunca están mis compañeros. Solo estudiantes imaginarios sin cara. Tampoco pasa nada. Pero hay una angustiosa sensación de haber hecho algo inadecuado y estar siendo juzgado, no por los estudiantes o los profesores, sino simplemente juzgado en abstracto. Creo, hoy, que esas experiencias estaban ligadas a esa educación de género transmitida a través de ese control social constante sobre el que nadie reflexionaba en las innumerables charlas sobre valores.

Mi colegio al principio era por concesión, o charter, pero algo pasó y terminó perdiendo el apoyo estatal. Así que se volvió  un ejemplo típico de los verdaderos colegios privados del país.  Tenía tantos problemas administrativos, tanta corrupción en el manejo de los recursos, tanta ineptitud en la enseñanza, que era difícil creer que de ahí se iba a aprender algo de verdad. No era, pues, uno los míticos colegios de los ricos o de las películas (esos entornos monolíticos y coherentemente opresivos). Eso tuvo algo positivo: nadie creía realmente que la vida escolar era la vida.

Esta experiencia escolar es hoy en día la más común: un par de profesores comprometidos y brillantes rodeados de gente mediocre y sin habilidades académicas mínimas. Estudiantes y profesores mediocres, comprometidos, vagos, especiales, rebeldes o sumisos, luchan contra un sistema burocratizado y en ruinas. Los profesores, muchos de ellos sin conocimientos ni recursos, son además vilipendiados y humillados por todo el mundo. Les piden hacer un trabajo imposible de realizar, como si fueran superhéroes, y a la vez los tratan como algo menos que bufones.

Sin embargo, el problema va más allá de las condiciones precarias de los profesores. Aún si tuvieran mejores condiciones, la forma en que funcionan los colegios ya no parece ser una forma efectiva para transmitir conocimiento o para transmormar el carácter. Los niños, las niñas, y los maestros mismos ya no parecen ver en el colegio la fuente principal de saberes ni modelos de comportamiento. La industria de la cultura ha tomado esos espacios desde hace mucho.  Lo mismo ocurre con los padres. La comunicación con su hijos es cada vez más difícil, pues parecen no entender los referentes que siguen sus hijos para vivir, y no pueden hacer que los jovenes reproduzcan su forma de de enfrentar el mundo. Sienten que la infancia y la juventud se sale de las manos.

Por eso, con esta marcha contra la diversidad sexual ocurre que, por primera vez en años, padres y profesores se ven a sí mismos como aliados. Mas no porque se hayan puesto de acuerdo en el rol que cada uno debería tener en la educación, ni en las condiciones en que esta debe ocurriro  en cómo se debe enseñar; se ven como aliados en la voluntad de controlar los cuerpos de los niños para que no se entreguen, aún más, a formas sociales incomprensibles para ellos.

Tomada de: Ciudadania-express.com
La defensa de “la familia” en singular y “los valores” como conjunto unificado,  sí implican homofobia y anulación de la diferencia. El camino de la diversidad puede ser mejor para la sociedad y, por supuesto, para las actuales víctimas, pero para los "normales" se trata de un camino más difícil.

 Creo, entonces, que quienes luchan por la aceptación de la diversidad deben entender que los homofóbicos sí tienen algo que perder. La discriminación, la burla y la humillación son herramientas efectivas para anular, aunque sea temporalmente, la personalidad desviada de la norma. El costo de usar estas herramientas es altísimo en términos de sufrimiento y perpetuación de la violencia. Pero es un costo que muchos están dispuestos a pagar, sobre todo porque ofrece algo que casi nada en el colegio puede ofrecer: efectividad en la anulación de la difernecia, armonía entre la mayoría de padres, estudiantes, administrativos y profesores, y la sensación de que el caos de la vida es encausado en un orden fácil de entender. Es decir, se les ofrece a todos al ilusión de que la complejidad de la de las relaciones sociales, de la ética y de los sujetos ha sido resuelta y que solo hay que resistirse a las aberraciones. Eso es lo que significa la tautología de “los hombres son hombres, las mujeres son mujeres y los niños son niños, y a estos no hay que confundirlos”. Es eso lo que está detrás de ese sistema de enseñanza que me llevó a odiar a un peluquero travesti antes de querer entender quién era.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Las alianzas, los contratos y la independencia (sobre el mini escándalo de Mockus)

Creo que lo que ha pasado con el escándalo de Antanas Mockus y la marcha tiene varias aristas:

Primero, no creo que se trate de un caso de corrupción ni de mala fe en el sentido estricto. No solo el contrato era público sino que, cuando les robaron unos computadores con la información del proyecto, el mismo Mockus le contó a los medios de lo que se trataba. Es decir que ya se sabía. Lo que que cambió fue que ahora hay estrategia de desprestigio de por medio. Uno puede imaginar que Uribe mandó robar ese computador para encontrar algo que le permitiera deslegitimar la marcha (y construir un cuento que le permitiera no asistir sin asumir abiertamente su posición "contra la vida"). En el computador enconaron el contrato, verificaron que era público (es decir, podían revelarlo sin que levantar sospechas) y armaron la coartada que necesitaban.  Se trata de la habilidad de Uribe para usar, una y otra vez, la estrategia de enlodar a los demás para generar la sensación de que "como todos son igual de cochinos entonces no es verdad que lo de Uribe sea inaceptable".

El problema no es que haya un contrato de 420 millones. Si implica encuestas en varias ciudades, "pruebas piloto" con grupos focales e informes en tiempo récord, es en realidad un contrato modesto. Es de esas cosas que mantienen una ONG andando, pero no más. El problema es que esta ONG  es bien particular: Corpovisionarios es a la vez centro de asesorías y "Think Tank" de la doctrina de Mockus. Algo así como una mezcla de oficina de consultoría en políticas públicas, empresa de coaching empresarial, Instituto Pensar, y Centro-de-Pensamiento-Primero-Colombia/Fundación-Buen-Gobierno mockusiano. Es, pues, entre otras cosas, una plataforma política de Mockus.

De modo que el hecho de que se financie con una plata del gobierno, en un contrato sin licitación directamente relacionado con los diálogos de La Habana, sí compromete la independencia de él para hablar del proceso paz. Porque la marcha sí es un apoyo al proceso de paz, así como la que hizo Uribe era un impulso a su política de guerra. 


Creo que en este pseudo-escándalo se revelan lo que, considero, son los dos puntos ciegos de Mockus: primero, una confianza ingenua en lo privado y en el mercado. Segundo, su mesianismo. Es como si dijera: "puesto que yo sí soy honesto y no caigo en la tentación del corrupto, puedo acercarme al objeto de la tentación más que los demás. Hago contratos con el gobierno que empalman con posiciones políticas. Hago alianzas políticas instantáneas con la gente más variada. Pero, como soy honrado, no hay problema". La cosa es que sí hay problema.

domingo, 15 de junio de 2014

Carta abierta a Santos

Estimado presidente:

Le escribo esta carta aunque sé que usted, ni nadie que trabaja con usted, tiene la más mínima posibilidad de leerla. Acabadas la elecciones, supongo que usted y los suyos volverán a hacer lo que saben hacer mejor: subir al pedestal de las élites y gobernar alejados de los colombianos. Pero le escribo igual porque, ahora que ha sido elegido, y que de un modo u otro pude contribuir a su proyecto, necesito aclararle ―aclararme― qué significa esa pequeña contribución.

Primero que todo, quiero que sepa que usted no me gusta;  que su talento para intrigar, para negociar y quedar bien con todos (los poderosos) no es más que un correlato de su mediocridad como gobernante; que su historia de vida, plagada de ego y oportunismo, me da tristeza; que la tranquilidad con que negocia por la mañana en La Guajira votos con asesinos y por la tarde va a cocteles de gente "decente" me da asco. Entonces, mi voto no legitima su gobierno ni su programa.

Segundo, quiero que sepa que su proceso de paz no me parece suficiente ni me convence. No porque la metodología sea mala o los acuerdos errados (de hecho, parecen ser lo único de su mandato que no está mal hecho), sino porque ninguna paz se logrará mientras la élites para las que usted trabaja sigan pensando que su mundo va a quedar intacto. Mientras no estén dispuestos a perder, no solo dinero, sino ese estado de excepción ante la ley y esa invulnerabilidad perpetua, no podrá haber paz verdadera.

¿Por qué voté por usted, entonces? Para ayudar a salvar esa negociación, insuficiente pero necesaria. Usted ofrece muy poco, porque es muy poco lo que puede dar. Pero ese poco fue mejor para mí que la nada en la que caeríamos de haber ganado Uribe.  Porque aún con sus problemas, este proceso es mejor que la locura militarista que se hubiera tomado del todo el país. Además, a pesar incluso de usted, este proceso abre una esperanza para, poco a poco, construir la paz que sí necesitamos.

Voté por usted, además, porque su anterior gobierno sí me dio algo más que una negociación. No, por supuesto, su inane gestión en educación, su pobre desempeño en la lucha de la desigualdad, ni su miserable falta de transparencia. Su gobierno me dio la posibilidad de ver un país tomado por la movilización social. Ver que la gente se puede organizar y salir, presionar y logar arrinconar un poco al poder, me da esperanza. Falta mucho para que tengamos una ciudadanía realmente activa. Pero al comparar esto con el miedo que vivimos en los años aciagos de Uribe, sentí que habímos ganado algo que debíamos conservar.

Sepa, pues, que el hecho de que haya ganado hoy no cambia lo que pienso de usted. Me gustaría decirle que espero que esté a la altura de esa pequeña parte de confianza que le di. Quisiera exigirle que honre, no solo ese proceso de paz, sino ese respeto a quienes pensamos la política de otro modo, más ético que el suyo. Ojalá sea así, pero no me alcanzo a hacer ilusiones. Así que mejor le digo: ya nos dimos un respiro. La presidencia no se la terminó de tomar el crimen organizado. Nada más. Detrás de usted están igual los poderes verdaderos, esos que nos llevaron a la guerra. Pero detrás de ellos está la sociedad, o las diversas sociedades contrapuestas. Es allí donde estará la verdadera política y, espero, la verdadera paz.

Cordialmente,
Gabriel Rudas
Débora Arango (1907-2005). Plebiscito, 1958 (Óleo sobre lienzo) 

sábado, 24 de agosto de 2013

Cultura y cultivo (sobre el paro de los campesinos)

Foto de Juan Rulfo
Cualquiera que haya crecido en la ciudad y haya intentado cultivar la tierra se habrá enfrentado al fracaso. Hay algo que se le escapa, que tiene que ver con una técnica muy sutil, pero que va más allá de la técnica. El campesino le lleva mucha ventaja, pues ha estado cultivando desde los cuatro años. Es lo mismo que pasa con el piano o el violín: la técnica es tan compleja que si uno comienza a los treinta años jamás será realmente bueno, y solo algunos entre los mejores hacen que la técnica de interpretar partituras se convierta un verdadero arte. Pero pocos dicen de la señora campesina que es muy sofisticada y culta, como dicen de ciertos pianistas.

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La palabra cultura es bastante curiosa. Al principio se refería al cultivo de la tierra (agricultura, horticultura), luego a la educación, que era el cultivo del espíritu. Ahora hay cientos de definiciones, pero suelen tener que ver con cómo le damos sentido al mundo: las religiones, las artes, las costumbres, las filosofías, etc. Así, un poema es cultura, un grafiti es cultura, la televisión es cultura, el amor es cultura. En todo caso, parece ser algo muy alejado de cultivar la tierra.
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Una vez alguien me decía que los productos de Apple no eran aparatos electrónicos sino un "modo de vida", una cultura. Entonces uno se pregunta: ¿Cómo se cultiva nuestro espíritu hoy en día? Se habla de que vivimos en una sociedad de signos, en un mundo de sentidos móviles, virtuales, cambiantes. Yo creo que eso es parcialmente cierto. Sí, estamos sobrecargamos de signos, pero estos provienen de objetos que alguien hace. Puede que no pensemos así, pero no por eso las cosas que nos rodean dejan ser solo lo que hemos tomado de la naturaleza.

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La comida también es un sistema de signos. Siempre lo ha sido. Pero parece que hoy en día comer es, mucho más que antes, un signo. Basta ver cosas como la "cocina molecular" del chef Ferrán Adriá quien, según dicen, es un artista y un representante de la deconstrucción de la culinaria (con Derrida abordo). Incluso quienes no podrían pagar un restaurante así pueden pensar en lo que comen como piensan en el tipo de música que les gusta. Sin embargo, por más signo que sea, la comida es ante todo algo orgánico: la manera de hacer sobrevivir el cuerpo; un alimento. Es también el producto del trabajo de alguien.

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Podemos hacer que la cultura de la ciudad olvide la cultura del cultivo. Podemos creer que el arte de cultivar es menos cultura o que es menos vital. Podemos ignorar que dependemos más de la cultura del campesino que de la del publicista. Pero si hacemos eso igual tendremos que comer. Entonces solo nos quedará la violencia para conseguir alimentarnos, pues no de otro modo uno puede tomar lo que necesita de quien desprecia. Nos quedará, pues, la violencia y la venganza de esos a quienes violentamos.

La otra opción es el respeto, eso que llaman el reconocimiento de la dignidad del otro, o incluso el reconocimiento de su superioridad. Al fin y al cabo, la cultura de los campesinos, con toda seguridad, sí se ocupa de lo indispensable.

viernes, 21 de junio de 2013

Sobre el mito de Pepe Mujica

Hace poco vi una entrevista a Pepe Mujica, presidente de Uruguay. Como era de esperarse, la entrevista es una confirmación de la imagen que lo ha hecho famoso entre los intelectuales  liberales y en la izquierda de Facebook, y que llegó a su clímax en la cumbre de Río. La pregunta que se hacen todos ahora es ¿por qué no podemos tener un presidente como Mujica? Por supuesto, si la pregunta se tomara en serio, habría que evaluar la gestión del presidente uruguayo en detalle, así como sus acciones anteriores como ministro, como senador, o político profesional.

Pero lo que pide la gente es tener un presidente que corresponda a la imagen que Mujica ha construido de sí mismo. Como todo político exitoso, Pepe Mujica fundamenta su imagen pública en algún mito nacional. Sólo que él se ha vuelto además mito internacional. Él es sabio, pobre, pacifista, sensato... en suma, bueno. Incluso, insiste tanto en seguir siendo un campesino, que pareciera haber llegado a la presidencia casi por azar, casi obligado.
 Como toda imagen pública, la de Pepe Mujica es parcialmente cierta, pero no es toda la historia. Lo de los zapatos viejos es verdad. Pero sus políticas están más orientadas a respetar los deseos de las grandes corporaciones y a estimular el consumo; lo del campesino que cultiva crisantemos es cierto, como lo es su carrera de político de alianzas multipartidistas llenas de cuotas burocráticas. Esto no significa que sea un mal presidente (no tengo suficiente información). Esto significa que su imagen tiene que ver más con una ficción nacional que con un programa de gobierno.

El mito tiene que existir de antemano para que el líder lo encarne con maestría. Entonces la pregunta no es cómo Mujica llegó así a la presidencia, sino cuál es esa imagen que de sí mismos tienen los uruguayos que los hace susceptibles al encanto de Mujica.

José Batlle y Ordóñez
José Batlle y Ordóñez
La clave de esto está en la parte de la entrevista sobre el aborto y la legalización de las drogas (15:50). Dice Mujica: “¿Por qué pienso así [pro legalización]? Porque pertenezco a un país pequeño, pero que ya por 1910 discutió el alcohol y tomó esta decisión: no se puede evitar que la gente chupe y se emborrache. Entonces el estado nacionalizó la producción de alcohol y sabía que se hacía un alcohol de boca bueno sin entreverar alcohol de madera, lo cobraba caro y de ahí sacaba recursos para atender la salud pública; fue genial el estado uruguayo que hizo eso, fue el mismo que reconoció la prostitución...”. ¿Cuál fue el genial estado que hizo eso? El del gobierno de José Batlle y Ordoñez. Batlle es la figura política mítica de Uruguay, e incluso la figura fundacional efectiva. No sólo logró consolidar por primera vez el control territorial total en su primera presidencia, sino que durante sus dos gobiernos (y el de su títere Claudio William) se vivió la gran bonanza de exportación de carne y cuero de principios de siglo. Como en Argentina, esta bonanza significó para Uruguay convertirse de repente en una potencia económica mundial. También significó una entrada repentina a la modernización. Pero Batlle fue además un progresista en lo moral, un impulsor de la tolerancia étnica y un proteccionista de la industria. En su gobierno, subsidiados por el estado, crecieron a la par burgueses, inmigrantes, maestros y edificios. Cuando en la crisis del 29 la economía mundial se vino abajo, y por ende la uruguaya, Batlle se convirtió en un mito pasado.

Descanso, óleo de Juan Manuel Blanes
Gaucho uruguayo
Mujica ha construido la imagen de un restaurador de la modernidad de Batlle. Por eso habla de aborto, legalización, subsidios y seriedad en los compromisos comerciales adquiridos (es decir un nada izquierdista respeto por la inversión capitalista global) apelando, no al cambio, sino a un retorno al origen. Pero Pepe es también un campesino asceta que vive retirado del mundanal ruido. Es a la vez un estadista y un viejito sabio. ¿Cómo logra conjugar ambas imágenes? Especulo que aquí entra a jugar el otro mito uruguayo: el gaucho solitario. Ese hombre solo, libre, que vive en los campos y se resiste a la tentación de lo trivial y mundano. Como Batlle y el gaucho son esencialmente uruguayos, pueden convivir sin contradecirse en un solo personaje.


 ¿Podríamos tener un presidente como Mujica? López Pumarejo tal vez sea algo parecido, si uno piensa en algunas de sus políticas. Pero ese oligarca liberal generoso no puede inspirar sino a historiadores y economistas progresistas. En la historia reciente, ¿quién ha logrado convertirse en un mito así? ¿Gaitán? Probablemente ¿Galán? Lo dudo. En los últimos años, un presidente logró aglutinar un fervor nacional, pero siempre actuó contra la gente que gobernaba. No creo que cada pueblo tenga el gobernante que se merece, pero cada gobernante intenta hacer de sí el mito que la gente quiere. Yo preferiría que tuviéramos otros mitos.

lunes, 10 de junio de 2013

Ensayos de fin de curso


File:Ensayos.jpgDespués de calificar montañas de trabajos por demasiadas semanas, encuentro que para varios estudiantes el único criterio a tener en cuenta al escribir es adivinar qué es lo que quiero que me digan e intentar complacerme. No hay que escandalizarse: un trabajo de curso, que se escribe en uno o dos días, no se supone que pueda ser mucho más que eso, más aún cuando lo que uno mismo propone es que el estudiante demuestre que puede poner en práctica ciertos conceptos. Pero hay un tipo de gesto de complacencia en los estudiantes que me llena de preguntas. ¿Qué significa que alguien intente repetir, exactamente, lo que uno dijo en clase? Es decir, no re-elaborar una idea para que se adapte a la tarea del trabajo, sino repetir frases exactas, incluso las que se dijeron a manera de broma. ¿Qué significa intentar “decir lo que el profesor quiere escuchar”?
Quejas aparte (los profesores tendemos a quejarnos mucho), pienso que hay en ese tipo de gestos un doble acto: por un lado, hay un desafío al profesor: si se repite lo que dice en clase, él va a caer en la adulación y la va a premiar. También es posible que el estudiante quiera “preservar” su mente del daño que le puede hacer tomar en serio el trabajo; si intenta realmente hacer todo el proceso mental que se le pide corre el riesgo de contaminarse, de ceder al autoritarismo del sistema, de “castrar su mente”. Por eso repetir frases de los apuntes es una forma de pasar el curso sin perder su preciada esencia. Lo preocupante es que en ambos casos el estudiante puede tener razón: si usa la adulación es porque ha funcionado; si teme comprometerse en el ejercicio de escritura, y prefiere hacer un truco, es porque siente que ya ha perdido mucho de sí mismo en el mundo escolar. Por supuesto, es poco probable que se piense así; es más probable que se trate ante todo de una costumbre adquirida. Pero, entonces, ¿hasta qué punto uno continúa ese proceso degradado que los estudiantes han vivido desde el colegio?

Pero la preocupación debe matizarse. Para el estudiante, un trabajo de curso puede ser una imposición inadmisible a su talento (en el peor de los casos), o una especie de juego en el que tal vez aprenda una manera diferente de hacer las cosas, que puede servirle en el futuro (en el mejor de los casos). Para el profesor, es una tarea de seguimiento a la labor de los estudiantes y a la suya propia (en el mejor de los casos), o una fuente de aburrimiento (en el peor de los casos). De todas maneras, tan pronto uno fija su mirada en cualquier lugar fuera de la burbuja académica, se da cuenta de que es algo de una importancia modesta.