Quisieramos poner todas nuestras ideas en un frasco. Así podríamos
descansar de ellas y estar ligeros. Cuando las necesitaramos de nuevo,
podríamos sacarlas, una por una, hasta dar con la que queremos. También
podríamos desparramarlas sobre la mesa, limpiarlas y ordenarlas
adecuadamente. Se correría el riesgo de que, en el tarro, se quiebren o
se fermentnen más de la cuenta. Pero bastaría con revisarlas de cuando
en cuando.
Desafortunadamente no hay tal frasco. Tenemos que cargar con las ideas,
viendo cómo se mezclan desordenadamente hasta hacerese indistinguibles,
cómo crecen de maneras deformes, cómo se empequeñecen y se esconden,
cómo se marchitan o se evaporan.
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