lunes, 11 de junio de 2012

Muebles "El canario" (Felisberto Hernández)

La propaganda de estos muebles me tomó desprevenido. Yo había ido a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había querido enterarme de lo que ocurriera en la ciudad. Cuando llegué de vuelta hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa. Volvía a mi pieza más bien temprano y un poco malhumorado por lo que me había ocurrido en el tranvía. Lo tomé en la playa y me tocó sentarme en un lugar que daba al pasillo. Como todavía hacía mucho calor, había puesto mi saco en las rodillas y traía los brazos al aire, pues mi camisa era de manga corta. Entre las personas que andaban por el pasillo hubo una que de pronto me dijo:


http://aziomedia.files.wordpress.com/2008/08/hand-driven-gramophone.jpg
Gramófono manual
-Con su permiso, por favor...

Y yo respondí con rapidez:

-Es de usted.

Pero no sólo no comprendí lo que pasaba sino que me asusté. En ese instante ocurrieron muchas cosas. La primera fue que aun cuando ese señor no había terminado de pedirme permiso, y mientras yo le contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío que no sé por qué creí que fuera saliva. Y cuando yo había terminado de decir "es de usted" ya sentí un pinchazo y vi una jeringa grande con letras. Al mismo tiempo una gorda que iba en otro asiento decía:

-Después a mí.

Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el hombre de la jeringa dijo:

-¡Ah!, lo voy a lastimar... quieto un...

Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros que habían visto mi cara. Después empezó a frotar el brazo de la gorda y ella miraba operar muy complacida. A pesar de que la jeringa era grande, sólo echaba un pequeño chorro con un golpe de resorte. Entonces leí las letras amarillas que había a lo largo del tubo: Muebles "El Canario". Después me dio vergüenza preguntar de qué se trataba y decidí enterarme al otro día por los diarios. Pero apenas bajé del tranvía pensé: "No podrá ser un fortificante; tendrá que ser algo que deje consecuencias visibles si realmente se trata de una propaganda." Sin embargo, yo no sabía bien de qué se trataba; pero estaba muy cansado y me empeciné en no hacer caso. De cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con ninguna droga. Antes de dormirme pensé que a lo mejor habrían querido producir algún estado físico de placer o bienestar. Todavía no había pasado al sueño cuando oí en mí el canto de un pajarito. No tenía la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de afuera. Era anormal como una enfermedad nueva; pero también había un matiz irónico; como si la enfermedad se sintiera contenta y se hubiera puesto a cantar. Estas sensaciones pasaron rápidamente y en seguida apareció algo más concreto: oí sonar en mi cabeza una voz que decía:

-Hola, hola; transmite difusora "El Canario"... hola, hola, audición especial. Las personas sensibilizadas para estas transmisiones... etc., etc.

Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin animarme a encender la luz; había dado un salto y me había quedado duro en ese lugar; parecía imposible que aquello sonara dentro de mi cabeza. Me volví a tirar en la cama y por último me decidí a esperar. Ahora estaban pasando indicaciones a propósito de los pagos en cuotas de los muebles "El Canario". Y de pronto dijeron:

-Como primer número se transmitirá el tango...

Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí todo con más claridad, pues la cobija atenuaba los ruidos de la calle y yo sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza. En seguida me saqué la cobija y empecé a caminar por la habitación; esto me aliviaba un poco pero yo tenía como un secreto empecinamiento en oír y en quejarme de mi desgracia. Me acosté de nuevo y al agarrarme de los barrotes de la cama volví a oír el tango con más nitidez.
Al rato me encontraba en la calle: buscaba otros ruidos que atenuaran el que sentía en la cabeza. Pensé comprar un diario, informarme de la dirección de la radio y preguntar qué habría que hacer para anular el efecto de la inyección. Pero vino un tranvía y lo tomé. A los pocos instantes el tranvía pasó por un lugar donde las vías se hallaban en mal estado y el gran ruido me alivió de otro tango que tocaban ahora; pero de pronto miré para dentro del tranvía y vi otro hombre con otra jeringa; le estaba dando inyecciones a unos niños que iban sentados en asientos transversales. Fui hasta allí y le pregunté qué había que hacer para anular el efecto de una inyección que me habían dado hacía una hora. Él me miró asombrado y dijo:

-¿No le agrada la transmisión?

-Absolutamente.

-Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.

-Horrible -le dije.

Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza haciendo una sonrisa. Yo no oía más el tango. Ahora volvían a hablar de los muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:

-Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas "El Canario". Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y pronto.

-¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme loco!

En ese instante oí anunciar:

-Y ahora transmitiremos una poesía titulada "Mi sillón querido", soneto compuesto especialmente para los muebles "El Canario".

Después el hombre de la inyección se acercó a mí para hablarme en secreto y me dijo:

Tomado de "Enigma"
-Yo voy a arreglar su asunto de otra manera. Le cobraré un peso porque le veo cara honrada. Si usted me descubre pierdo el empleo, pues a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.

Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió la mano y dijo:

-Venga el peso.

Y después que se lo di agregó:

-Dese un baño de pies bien caliente.


Felisberto Hernández (Obras Completas. Vol. 2)

domingo, 3 de junio de 2012

Guardar las ideas

http://www.artlex.com/ArtLex/s/images/surreal_mereto_redhead_lg.jpg
 Quisieramos poner todas nuestras ideas en un frasco. Así podríamos descansar de ellas y estar ligeros. Cuando las necesitaramos de nuevo, podríamos sacarlas, una por una, hasta dar con la que queremos. También podríamos desparramarlas sobre la mesa, limpiarlas y ordenarlas adecuadamente. Se correría el riesgo de que, en el tarro, se quiebren o se fermentnen más de la cuenta. Pero bastaría con revisarlas de cuando en cuando.

Desafortunadamente no hay tal frasco. Tenemos que cargar con las ideas, viendo cómo se mezclan desordenadamente hasta hacerese indistinguibles, cómo crecen de maneras deformes, cómo se empequeñecen y se esconden, cómo se marchitan o se evaporan.


domingo, 27 de mayo de 2012

Celeste hija de la tierra (Enrique Lihn)

No es lo mismo estar solo que estar solo
en una habitación de la que acabas de salir
como el tiempo: pausada, fugaz, continuamente
en busca de mi ausencia, porque entonces
empiezo a comprender que soy un muerto
y es la palabra, espejo del silencio
y la noche, el fruto del día, su adorable secreto revelado por fin.

Tendría que empezar a ser de nuevo
para aceptar el mundo como si no fuese
solamente lo único que conservo de ti,
tendría que olvidarme
como se olvida lo más negro de un sueño,
soplar en mi conciencia hasta apagar mi imagen,
cerrar los ojos frente a los espejos,
deshacerme y hacerme, soñar siempre con otro,
morirme de mí mismo
para no recordarte a cada instante
como el ciego recuerda la luz y el condenado a muerte
la vida, toda ella, en un abrir y cerrar de ojos,
porque estás más adentro de mí que yo mismo
o existo porque existes
o yo no sé quién soy desde que sé quien eres.

No es lo mismo estar solo que estar sin ti, conmigo
con lo que permanece de mí si tú me dejas:
alguien, no, quizás algo: el aspecto de un hombre, su retrato
que el viento de otro mundo dispersa en el espacio
lleno de tu fantasma desgarrador y dulce.

Monstruo mío, amor mío,
dondequiera que estés, con quienquiera que yazgas
abre por un instante los ojos en mi nombre
e, iluminada por tu despertar,
dime, como si yo fuese la noche,
qué debo hacer para volver a odiarte,
para no amar el odio que te tengo.

Es inútil
buscar a tu enemigo en el infierno
suyo y de esta ciudad, allí donde la música agoniza
larga, ruidosamente en el silencio
y beber en su vaso para verte
con su mirada azul, roja de odio,
el vino que refleja su secreta agonía,
la que en su corazón en ruinas danza
a la luz de una luna tan desnuda como ella
con la misma afrentosa lascivia de la luna
que no se muestra al sol, pero acepta su fuego,
esa virgen tatuada
por los siete pecados capitales
no eres tú o eres otra;
alguien, quizá yo mismo, entonces toca
mi frente y me despierto como el fuego en la noche,
en toda mi pureza,
con tu nombre verídico en los labios.

Enrique Lihn




Imagen de Lorenzo Moya


lunes, 21 de mayo de 2012

Fantasmas


Paul Delvaux - Mujeres de vida galante
Hoy tuve uno de esos días en los que uno ha dormido bien, ha comido bien, ha tomado aire, ha despejado la mente. Y sin embargo, los pronósticos de buena suerte no se cumplen. No es que pase algo grave: no hay accidentes ni peleas, no aparece ese desastre que lo amarga a uno. Pero tampoco pasa eso excelente que prometía la mañana: no hay sorpresas ni encuentros interesantes, no hay hallazgos ni ideas.



No pasa nada. 


Esos días son peores que los malos; de estos tal vez se pueden sacar cosas dignas de ser recordadas. También son peores que los días que no empiezan bien; al menos no dejan esa sensación de promesa incumplida. En días así, uno piensa que tal vez los fantasmas sí existen. Sólo que, en lugar de asustarnos, se sientan a observar cómo nos parecemos cada vez más a ellos.

viernes, 11 de mayo de 2012

Fragmento de un texto de Téllez


El ensayista colombiano Hernando Téllez escribió esto hace 56 años. Se podría actualizar la termonología, pero la acusación se mantiene:

Ilustración de Juan Antonio Roda
«Los escritores burgueses somos capaces de enjuiciar y condenar a la sociedad burguesa. Nos repugna su rapacidad, su injusticia, su vulgaridad, su sentimentalismo y su cursilería. Pero si se nos propone asumir personalmente los riesgos correspondientes a otro tipo de sociedad, declaramos nuestro cinismo: preferimos aplazar indefinidamente esos riesgos, y continuar beneficiándonos de todas las ventajas del sistema que nos permite usufructuar la injusticia y aparecer de personeros de la justicia; desdeñar la  vulgaridad y servirnos de ella; abominar del sentimentalismo y colaborar en todas sus ceremonias; detestar la cursilería y garantizar su apogeo.

»Una cierta porción de clarividencia sobre nuestra incomodidad moral y nuestra duda, nos niega el derecho a cualquier exculpación. “D’abord innocents sans le savoir nous etions maintenant coupables sans le vouloir” [Primero inocentes sin saberlo ahora éramos culpables sin quererlo]. No. Somos deliberadamente, esplendorosamente culpables».

Hernando Téllez. Tomado de “La conciencia burguesa”
 Literatura y sociedad - 1956, ediciones Mito 

domingo, 6 de mayo de 2012

Escultura (cuento)


Victoria de Samotracia


Gabriel Rudas
Desde esta esquina de la galería se ve poco. A mi izquierda la fila de cuadros parece no tener fin, a mi derecha la puerta de entrada sigue cerrada. El único cuadro que alcanzo a ver es el retrato de la mujer de amarillo, y está torcido. Siempre fue tan importante para mí que las pinturas estuvieran en el lugar correcto, pero sobre todo que estuvieran alineadas, que pasaba horas colgando cada una de ellas. Creo que nunca me podré acostumbrar a ver un cuadro inclinado. Bastaría con un pequeño ajuste para corregir el problema, tan fácil como pararse enfrente y moverlo un poco. Pero ahora hasta llegar a la pared me agota demasiado.

A veces intento acordarme de las otras pinturas, pero aunque sé en dónde están y por qué las puse allí no puedo recordar cómo eran. Por eso prefiero observar el retrato de la mujer. Siempre me ha gustado mucho, de hecho era mi pieza favorita antes de que me encontrara la escultura de Ícaro. En esos días disfrutaba bastante imaginar qué clase de mujer era, cómo había llegado al cuadro, cómo eran sus amigos y por qué había escogido ese vestido amarillo de encajes. Le ponía un nombre, intentaba descifrar una personalidad que se adivinara en sus ojos entrecerrados, y hasta le contaba las historias que le había inventado en esos días. A veces era un mujer rica de los cincuenta que venía de lejos o se quería ir lejos; otras veces era una chica que llegaba de una fiesta de disfraces; otras una adolescente que, entre la curiosidad y el miedo, se probaba el vestido de su abuela recién muerta. Al cabo de un tiempo me aburría y la dejaba a un lado para fijarme en las nuevas piezas que había comprado, pero siempre al final regresaba a ella y le creaba un pasado nuevo. En el fondo creía que, si la historia que le contaba llegaba a coincidir con su verdadera vida, la mujer comenzaría a moverse y me diría algo. Eso nunca llegó a pasar, y cuando vino la escultura de Ícaro me olvidé por completo de ella y de las demás pinturas.

Hacía tiempo sabía que quería una escultura para hacerle compañía a los cuadros. Había considerado varias opciones, e incluso había sopesado qué tan grande debía ser y cómo debía estar ubicada en la galería de modo que no se rompiera el equilibrio. Ninguno de esos planes se ajustaba a la escultura de Ícaro, tan grande y asimétrica. Pero cuando la vi allí, sobresaliendo en los escombros de esa casa demolida, me inquietó de tal manera que tuve que detenerme y acercarme. En ese momento no pensé la casualidad de que justo cuando estaba buscando esculturas me encontrara una abandonada. Creo que ni siquiera consideré inmediatamente llevármela; sólo me preguntaba cómo habían podido olvidar entre la basura una figura tan particular, con ese rostro blando pero a la vez severo y ese mármol que, siendo tan viejo y lleno de grietas y golpes, lograba transmitir inexplicablemente una sensación de juventud.

Recuerdo que tenía cierta reticencia a recoger un objeto de la calle para llevarlo a mi casa, así que ese día regresé pretendiendo que el asunto no importaba demasiado; incluso me dije que después de todo no sería buena idea tener una escultura en una galería de cuadros. Sin embargo, cuando vi las pinturas de nuevo no pude apreciarlas del mismo modo. Era como si hubiera caído sobre ellas una telaraña y ya no me interesara que me dijeran nada. Al final sólo quería regresar y traer la escultura. Ahora me da la impresión de que la mujer de amarillo me mira como reprochándome ese abandono. No sé si debería pedirle perdón, aunque no sea sincero. De todos modos ya no creo que se vaya a mover jamás; luego de vigilarla por tantas horas estoy casi seguro de que su quietud es invulnerable a cualquier relato.

No fue así con Ícaro. Desde que lo puse en el anaquel frente al retrato de la mujer me di cuenta de que era diferente. Al principio me preguntaba qué había sido antes de llegar, pero con el tiempo se hizo evidente que esos pensamientos no tenían sentido. Aunque quisiera, no podía inventar un pasado para él. Parecía que no necesitaba de nadie para descubrir sus historias, como si ya las supiera desde hacía mucho. Sentía que algo en su forma o en su rostro no me permitía tener ninguna actitud consistente hacia la escultura, pero tampoco podía evitar volver a ella una y otra vez. No sabía cómo comportarme, hasta que al fin entendí que el problema era pedirle algo o buscar algo en ella, como hacía con las otras piezas. Comprendí que era la escultura la que me pedía algo que yo no podía descifrar todavía, pero que implicaba permanecer allí sin otra expectativa que la contemplación misma.

 Tal vez por eso no me sorprendí cuando comenzó a moverse. No era que no me importara, al fin y al cabo había buscado algo así por tanto tiempo y lo había intentado con tantos cuadros. Pero estar ahí frente a Ícaro en movimiento hizo que ese pasado de intentos y búsquedas pareciera una anécdota irrelevante. No sé cómo explicar lo que me sucedió allí cuando agitó las alas. Podría decir que era la precisión, la elegancia que se sobreponía al moho y al mármol desportillado, o esa dignidad que no se rebajaba a la ruin posibilidad de volar. Pero no se trataba de eso. Vagamente pensé que lo que estaba viendo hacía parecer que todas las cosas que estaban allí, y todo lo que había hecho, eran preludios a sus lentos aleteos.
Ícaro - Odilon Rendon

No sé si Ícaro se movía para mí o para sí mismo. Lo cierto es que, cuando se quedó quieto de nuevo, la sensación de impotencia y la posibilidad de que hubiera sido un momento que no se volvería a repetir me impidieron volver a dormir. Después de verlo ya no podía conformarme otra vez con un cuadro que sólo espera a que le inventara cosas.

Nunca supe cómo evitar que dejara de moverse, y aún no lo sé. Al principio creí que con traerle pájaros para que se los comiera era suficiente, y funcionó por un tiempo; luego pensé que con darle mi ropa y abrirle la puerta para que saliera le probaría definitivamente mi lealtad. Me alegro de que haya perdonado esa ligereza. A veces pienso que me deja aquí y no vuelve para castigarme por haber querido comprarlo con actos tan avaros. Pero cómo creer eso de él, ahora que no ha dejado de moverse por tanto tiempo y se ve tan feliz. Además, no es tan malo estar acá frente al retrato de la mujer de amarillo. Quizá debería intentar una historia, así sea para pasar el tiempo, aunque el cuadro no se mueva y esté mal colgado. He estado pensando en ir hasta allí, saltar para darle un golpecito por debajo del marco y enderezarlo. El problema es que es muy difícil usar al mismo tiempo los brazos para caminar, impulsarse y luego tocar el cuadro con la fuerza exacta; se corre el riesgo de no calcular bien y torcerlo para el otro lado o, lo que es peor, hacerlo caer. Además tengo los brazos entumidos y me hormiguean las manos.

Ahora que estoy aquí, solo, no puedo evitar pensar que quizá algún día no pueda volver a ver a Ícaro moverse ni siquiera unos pocos minutos. Intento no darle vueltas al asunto y distraerme; no vale la pena recordar mis errores del principio, o lo egoísta que fui después al pretender que sólo con renunciar a algunas cosas podía merecerlo. No sé cómo pude suponer que rechazar el aire de la calle, el orden de la galería o la luz de la casa eran sacrificios que me hacían digno de él, como si esas cosas no hubieran perdido de antemano su significado, como si no hubiera ya renunciado a ellas cuando encontré la escultura. Sé que no es así como conseguiré que no vuelva a quedarse quieto, pero aún no encuentro cómo hacer algo que sea bastante para él, algo irreversible.

Lo mejor es esperar. Puede regresar en cualquier momento. Tan pronto entre por la puerta le señalaré el cuadro para que lo enderece. Intenté pedírselo cuando salió pero iba tan rápido que no le pude decir nada, además no me estaba prestando mucha atención. Debe estar muy emocionado como para fijarse en esas cosas. Ojalá regrese pronto. Desde que le di mis piernas tarda cada día se más en volver. A lo mejor lo convenzo de que encienda la luz o me cambie de sitio.

domingo, 29 de abril de 2012

Héctor Abad, colono

Hacer un comentario sobre algo idiota es un asunto peligroso: se puede caer en la estupidez, como por contagio, o se puede terminar publicitando, y hasta legitimando, la idiotez que se comenta. Aún así, a veces vale la pena correr el riesgo, pues muchas veces la majadería deja ver mejor los problemas que las elaboraciones sofisticadas.

Varios amigos han estado comentando la reciente idiotez de las columnas del escritor Héctor Abad Faciolince. Sus opiniones sobre casi todo, me dicen, han dejado de ser comentarios sensatos, para convertirse en elaboraciones facilonas de prejuicios. Casi todos mencionan como ejemplo sus desatinos sobre el teatro; a mí me parecen más interesantes sus desatinos sobre la identidad latinoamericana.

En una de sus últimas columnas, dedicada a la Cumbre de las Américas, se queja de la retórica antiimperialista. Su conclusión es que  «si queremos independizarnos “del yugo imperial yanqui”, entonces que sea solamente para volver —como quería [Álvaro] Mutis— al tibio seno generoso de la vieja Europa. En crisis y todo, a Europa le va mucho mejor que a nosotros». Según Abad, nos iría mejor como «departamentos de ultramar» de los europeos porque su modelo de civilización, con todos sus fracasos, es el mejor que se ha inventado en cinco mil años. 

En otra columna, había escrito contra las políticas de acción afirmativa orientadas a las minorías étnicas. Argumentaba allí que definir con precisión quién debería beneficiarse de estas políticas (si es que alguien debería hacerlo) era caer en el mismo tipo de pensamiento de la ultraderecha racista. Para Abad, no vale la pena pensar en razas o etnias en Colombia porque todos somos bastardos, y por lo tanto basta con la categoría homogénea de «mestizo» para despachar todos los problemas asociados a la conflictiva diversidad del país.

Foto de Daniela Abad
En este comentario no alcanzaría a exponer las razones para refutar con propiedad los argumentos de Abad. Habría que empezar por decir que la vara con que se mide el éxito europeo viene de Europa, y que por eso siempre la medición llevará a la conclusión de su superioridad. Habría que señalar que incluso la idea de buscar modelos sociales en naciones ya es sesgar la mirada hacia una manera Europea de entender el mundo. Habría que recordar que la explotación a las colonias no fue un hecho incidental, como implícitamente afirma Abad, sino que fue (y sigue siendo) la condición inicial del bienestar de Europa. Por último, habría que explicar que las políticas de la diversidad y de la identidad no nacen para preservar purezas inexistentes, sino para enfrentar discriminaciones y violencias estructurales; y que el hecho de que todos seamos mestizos no significa que históricamente todos hayamos sido tratados con la misma dignidad, de modo que ignorar esa exclusión es ayudar a perpetuarla.

Cada argumento aquí esbozado requeriría de muchas páginas. Por ahora, solo quiero comentar que  la reivindicación de ese mestizo sin problemas de identidad y el deseo de «volver» al vientre de la civilización europea hacen parte de una misma forma de pensar. De hecho, sus recientes columnas son sintomáticas de lo que creen muchos de nuestros intelectuales bienpensantes. Las ideas de Abad, de un origen más viejo que las retóricas antiimperialista y de identidad que él denuncia, se pueden esquematizar del siguiente modo:  hay que purificar este territorio para que, algún día, se adapte del todo a un ideal modelo europeo de pensamiento. Se podrán conservar los elementos locales,  pero estos deberán organizarse dentro de ese modelo esencialmente superior. El problema es que en Colombia no se ha avanzado lo suficiente en esa dirección. 

Lo que no parece entender Héctor Abad es que el proceso mismo de implantar ese modelo es en gran medida el causante del sufrimiento que lo rodea. Las dos últimas columnas de Abad versan sobre Brasilia y sobre la traducción, respectivamente. En la primera, repite el ya sabido horror de la ciudad planeada con perfecta racionalidad, pero que no se adapta a la complejidad humana. Incluso en esta inocente columna, Abad ignora cómo eso que lo horroriza es la consumación de su propio sueño de arreglar Latinoamérica sin entenderla. En su última columna, elogia el oficio del traductor, pues logra hacer puentes entre formas de pensar diferentes a las nuestras. Abad no ve que el maravilloso ejercicio mental que posibilita la traducción se puede hacer en ámbitos distintos; él podría, por ejemplo, intentar entender esas otras realidades (o escuchar a quienes se han ocupado de buscar esos puentes, esas traducciones), antes de negarles a los otros sus derechos o declarar que su destino es adaptarse a un modelo supuestamente superior.

Por supuesto, la relación entre el eurocentrismo y la miseria, la violencia y la corrupción no es directa, pero existe. La utopía de un mundo a la europea sólo tiene sentido si se hacen varias operaciones mentales perversas: primero, hay que engrandecer artificialmente a Europa (incluso con sus horrores, como suele hacer Abad en varias columnas). Segundo, en virtud de alcanzar ese modelo engrandecido, hay que negar la diversidad, es decir, reducirla a una variante cultural que debe obedecer y adaptarse al modo de ser de un grupo. Tercero, hay que desconocer la historia de brutalidad que ha rodeado la diferencia en nuestras sociedades. La idea del mestizo como alegre bastardo sin problemas de identidad, destinado al cosmopolitismo, se sustenta en la imagen de un sistema social en el que no hay conflictos culturales, o estos se ignoran.

Pero la mentalidad de la que viene esta manera de pensar no es, como pareciera, la de los conquistadores; tampoco la de las viejas élites criollas (herederas de los conquistadores). Es la mentalidad del colono.

Los colonos han sido un grupo social contradictorio: continuamente expulsados por la pobreza, por los poderes centrales y por los terratenientes, fueron lentamente ocupando lugares cada vez más alejados del país, sólo para ser expulsados de nuevo. Pero, al mismo tiempo que víctimas, han sido los artífices de la expansión civilizadora con toda su brutalidad: cacería de indígenas, violencia racial, desastre ambiental. Son los que han completado la gesta de los antiguos conquistadores europeos, aunque no disfruten de las mieles de las grandes extracciones de riquezas que estos gozaron, ni sean reconocidos sino como ciudadanos de segundo orden.


 
Hoy en día, sin embargo, hay otra acepción para la palabra «colono»: un citadino de clase media más o menos acomodada que, sin ser un gran dueño de tierra, decide lanzarse al mundo rural para convertirse en pequeño terrateniente. Este nuevo colono está lejos del gran poder, pero se encarga de «domar» los territorios alejados de los centros urbanos (es decir, arrasarlos para volverlos productivos). Creo que muchos de esos nuevos colonos tienen una ideología: una mezcla de emprendimiento e ignorancia, de afán civilizador y complejo de inferioridad, de alegre negación de la diferencia en nombre de un progreso difuso. Esa ideología se ha expandido más allá del ejercicio mismo de la nueva colonización y su violencia. Ahora aparece como discurso, en la pluma de un novelista menor, disfrazada de amabilidad y sentido común.

jueves, 19 de abril de 2012

Hay que ser práctico


Tomada de "Entrepreneurship"
Un hombre necesita de un placer especial para expandir su mente y su espíritu, para ser libre y feliz. Lo bueno es que puede obtenerlo: da una orden y sus tres servidores toman a alguien, lo desnudan y lo amarran de pies y manos. El hombre lo mira, le dice que lo va a golpear, que es necesario para que llegue ese placer y esa sensación de libertad que busca, pero que no importa, que puede quejarse, hablar y opinar. Lo golpea, pero se cansa y le deja la tarea a los servidores. El que está atado se queja. El hombre se baja los pantalones, le dice que puede decidir su empezar con la felación o ir directamente al sexo anal. “Por favor, no”, dice el que está atado. El hombre le repite que escoja entre las dos, pero el otro insiste en pedir que no lo haga.

“Ese es el problema de ustedes”, dice el hombre. “Se niegan a ser realistas, nunca proponen nada realizable y sólo saben decir que no".

viernes, 13 de abril de 2012

Interrupciones


Conversación con mi hermano y un amigo camino al trabajo. Tema: cómo dar cuenta de una realidad caótica y cambiante sin reducirla; la abstracción es quizás un acto de imaginación, pero no por eso debe desecharse, pues….  Un indigente se acerca, nos pide dinero, nos negamos, nos insulta. Silencio incómodo. El caos de la realidad entra a saco en nuestro mundo de epistemologías.

Esa misma tarde, seminario de literatura latinoamericana. Tema: la cultura latinoamericana, según ciertos poetas y pensadores brasileros, puede relacionarse con el pensamiento europeo, no como el sumiso colonizado que aplica las teorías, sino como el caníbal, que se las apropia como quiere, las digiere y las convierte en energía para sus fines. Es una apropiación rebelde de tipo… Ruido de trompetas y tambores, música de marcha. Frente a nosotros, en el Museo Militar, rinden honores a un general.  Sabemos de qué se trata, pues hemos visto al llegar los carros blindados, los fusiles y los soldados que nos miran con desconfianza, aunque ya nos han requisado varias veces. El poder ha entrado a saco en nuestro mundo de rebelión textual.

Por la noche comparto el taxi con el profesor del seminario y conversamos. Tema: la visión de la tradición poética de T. S. Eliot. Eliot incluía muchas veces fragmentos y temas de Dante en sus poemas. En “La tierra baldía” no solo copia a Dante, sino a la Divina Comedia tal como la recibimos, con toda la tradición crítica que aparece en las notas al pie. Por eso "Tierra baldía" tiene notas al final que explican cada verso. Eliot quería…. La emisora del taxista a todo volumen nos deja sin palabras. El locutor conversa con un oyente sobre lo conveniente que es follarse a todas las empleadas de servicio doméstico que limpian la casa. “A mí sí me gusta follármelas rapidito, ¿y a usted?”, dice el locutor. “Claro, claro, es que eso es lo rico”, responde el oyente. Una tradición más permanente ha entrado a saco en nuestro mundo de diálogos poéticos.

sábado, 18 de junio de 2011

Variación sobre una analogía gastada


Tomada del blog "embracing bevin"
“Vivir en una burbuja” puede ser un estado de separación de los demás, no sólo los de otro grupo social, sino todos los demás. Se trata entonces de garantizar la tranquilidad a cambio de vivir rodeado de un aislamiento protector que permea todas las experiencias de vida. Así, es estar mentido entre un espacio donde es imposible ser lastimado de veras, pues siempre está esa pequeña membrana protectora; nada se toca realmente, pero nada hiere realmente. Es vivir sin poder respirar bien, siempre con aire puro pero con tan poco aire que a larga uno se ahoga lentamente; pero la falta de aire también genera un adormecimiento confortable, casi hermoso. Es ver el mundo con un lente que atenúa toda la luz; no se puede ver bien, pero nunca duelen los ojos.




Luego las cosas comienzan a cansarlo a uno. Entonces uno quiere tocar las cosas de verdad, ver bien los colores, pero sobre todo respirar. Uno sueña con salir de la burbuja. Ser libre al fin, se dice uno.


Entonces, cuando menos se piensa la burbuja se fisura un poco, se revienta y todo entra de repente: el aire pútrido, la luz que quema la piel y los ojos, las superficies ásperas y llenas de filos. El mundo se revela con su verdad: la violencia, la miseria, la crueldad. Y lo castiga a uno sin concesiones. Lo castiga por pensar que las cosas dependían de la voluntad de uno y creer que la burbuja estaría ahí para siempre. Lo castiga a uno porque, sin que uno lo admitiera, la burbuja era robada y nada le daba derecho a vivir en ella. Lo castiga por todos los que sufrieron para mantenerla.

Eso, al menos, cree uno. Pero en realidad el mundo lo castiga a uno porque sí, porque de eso se trata, porque ahora sí puede.

martes, 31 de mayo de 2011

Ir de un lugar a otro

Cuando se va de un lado a otro —en un bus, por ejemplo— uno entra en un estado extraño. Por un lado, uno sabe que va a un lugar particular. Por supuesto, puede haber un accidente o en un imprevisto cualquiera (y en Bogotá eso es común), pero en general uno asume que va a llegar a un punto fijo. Por otro lado, uno siempre deja un lugar. En eso no hay ambigüedades: ir a un sitio es siempre es irse de un sitio.

La cuestión es que esos dos lugares fijos también suelen ser lugares de actividad: uno se va de un sitio en el que hace algo, para ir a otro sitio en el que hace algo. Ese hacer es siempre la responsabilidad, la postergación de la responsabilidad, el placer, la postergación del placer, el encuentro con los otros, el desencuentro con los otros, el cansarse, el descansar. Los lugares son la condición de la acción, de nuestro movimiento. Pero cuando uno tiene que ir a otro lugar no puede hacer ninguna de esas cosas. Por eso no tiene más remedio que postergarlas y estar en ese intervalo de tiempo muerto, en ese paréntesis.

Por supuesto, hay opciones: se puede charlar si uno va acompañado, se puede escuchar música, se puede leer un poco, se puede hablar por teléfono. Hay tantas alternativas que es fácil sentirse a salvo de ese punto muerto en nuestras vidas. Basta con reducirlo a un momento de incomodidad o a una pequeña reorganización forzosa de nuestras agendas.

Pero también hay otra posibilidad: no hacer nada. Al principio es estúpidamente aburrido. Pero luego se da uno cuenta de que hay cierta liberación. El futuro se siente seguro (uno va a hacer algo muy pronto); no hay posibilidad de que lo que le pasaba a uno antes se extienda más de lo necesario (uno ya se ha ido del lugar donde pasaba); uno no puede hacer nada, y entonces no debe hacer nada. Así, ese paréntesis es el momento de mayor estabilidad y de menor exigencia; es un descanso de lo que uno es. Es el placer de, por fin, estar quieto.

viernes, 13 de mayo de 2011

Austeridad

Dice Pasolini: "desde hace ya mucho tiempo iba yo repitiendo que siento mucha nostalgia por la pobreza, la mía y la de los otros, y que nos habíamos equivocado al creer que era un mal ... Cuando el dolor de verme rodeado de por gente que ya no reconocía - por una juventud vuelta infeliz, neurótica, afásica obtusa y presuntuosa por mil liras de más que el bienestar les había puesto en los bolsillos - entonces llegó la austeridad, la pobreza obligatoria". Pasolini, comunista extremista y delirante, se explica más adelante: pone en duda su propia afirmación de una pobreza deseable. Pero mientras la pobreza impuesta por los poderosos es siempre rechazada, la nostalgia por esa otra austeridad, entendida como camino voluntario, es un sentimiento que sigue presente, y con mucha fuerza; las mil libras de más no son una ganancia, sino una pérdida.

¿Hay que regresar a la pobreza, a la vida austera de hippies convencidos y anacoretas cristianos? ¿Hay que regresar (o ir, para el caso de alguien como yo, que nunca ha sido pobre) a ese estado real o imaginario de sencilla autenticidad que no está signado por el capitalismo? Hoy en día esto parece ingenuo, mamerto, resentido. Para todos está claro que la renuncia a lo material es falsa e hipócrita, y que la pobreza autoimpuesta no ayuda a nadie. Está claro también que hay que despreciar (y odiar, como se odia al violento, al pedante y al imbécil) a todo aquel que no se entregua en parte a la red de deseos del sistema: hay que estar un poco a la moda (no demasiado, pero sí un poco), hay que viajar mucho, y salir mucho, y ser interesante (es decir ser igualmente versado en Derrida, Franz Fanon, en series de televisión y en estilos de ropa). Pero sobre todo, está claro que por nada del mundo se ha de caer en la ruina personal de los intelectuales de los 60, que no se bañaban.

Y sin embargo, las palabras de Pasolini tienen todavía poder de atracción, aún en este mundo sin fe en comunismos. Tienen la fuerza de recordarnos que todas esas cosas cool, que todo ese estilo en el que hemos de estar inmersos, es también una manipulación del deseo externa a nosotros. La comodidad del dinero sigue siendo un desvío y una trampa, no sólo porque domestica, sino porque nubla la mente y obstruye el camino a lo esencial.

¿Podría uno renunciar a la comodidad, sin después arrepentirse o sin reemplazarla por el fanatismo del asceta o del sacrificado? No lo sé, pero lo veo improbable; tampoco encuentro muchos ejemplos de entregas a la austeridad que desemboquen en el hallazgo de la clave de una vida auténtica.

Pero a pesar de eso, ese no creer en la versión reconciliada, en la versión chic de la vida, sigue teniendo un aura de valentía, sigue siendo un signo de pregunta que no ha recibido una respuesta satisfactoria.

miércoles, 20 de abril de 2011

Tres ángulos de Bach

Intento de escuchar Bach sin saber de música (con perdón a los amigos que sí saben).

Navegando en internet, encontré tres versiones de una misma pieza de J.S. Bach (de un fragmento de una pieza, de hecho). Cada versión es tan diferente que parecen tres piezas distintas.

La primera es del clavecinista holandés Gustav Leonhardt:



Está vestido con traje de época porque la presentación es parte de una película. Pero no hay que dejarse llevar por los disfraces: Leonhardt fue uno de los más grandes clavecinistas, y una de los que mejor defendió la idea de interpretar las obras con los instrumentos de la época. De hecho, Leonhardt, que era también musicólogo, estudió muchísimo a Bach para comprender cómo debía tocarse en su época los instrumentos, es decir, cómo reconstruir las interpretaciones posibles de un periodo dado. Eso es lo que uno siente en esta interpretación. Alguien en el siglo XX buscando con la mente una manera de traer del pasado un momento musical, pero no con un golpe de efecto, sino navegando en la mente de una época. Al final puede que solo lo imagine todo, pero su manera de imaginar es la investigación, la historia. Es en esa objetividad donde Leonhardt hace que de el clavecín salga tanta expresividad (un poco también para retar a los defensores del subjetivismo a rajatabla)

La segunda es Sviatoslav Richter:



Richeter decía que el pianista debía desaparecer en la interpretación, para que así emergiera la música del compositor. Llegó a pedir disculpas y poner notas aclaratorias en sus discos al descubir que había grabado una pieza con una nota incorrecta. No sé cómo es posible que él pensara ser fiel a Bach tocándolo en piano... lo cierto es que tiene razón: puede que el pedal y el sonido del piano no existieran en los tiempos de Bach, pero uno puede sentir cómo la músca de la partitura realmente emerge a través Richter. Uno siente que puede entender la totalidad de la pieza; pero también puede seguir el contrapunto, los detalles, los giros, el diálogo entre las dos melodías y la manera como se ensamblan. Pero, esta sutileza, esa claridad,esa paz alegre de esta interpretación ¿es de Bach o de Richter?

La tercera es Glenn Gould:



Con Gould uno no sabe qué pensar. El contrapunto se pierde, o se reconstruye de un modo incomprensible para uno. La obra se fragmenta, se violenta. No hay pedal, pero uno escucha la voz de Gould todo el tiempo. Y sin embargo, uno siente, no que Gould ignore a Bach, sino que lo comprende demasiado, que lo entiende de una manera diferente, no porque niegue las otras formas de tocarlo, sino porque las presupone como parte de su diálogo con la obra... como si lo reconstruyera a su manera en un intento por hacer muy evidente la propuesta de Bach, luego la suya, y luego hacer que ambas sean incompatibles. Es un juego difícil y uno no puede decir que lo logre, pero tampoco puede decir que fracase. La forma de tocar de Gould no es sentimental, pero no es racional en el sentido tradicional del término. Es cerebral, pero deliberadamente cerca del límite del lenguaje del que dispone un pianista.

Escrito así, uno puede pensar que la de Gould es la mejor. De hecho, sí que siento que con Gould uno está ante un artista. Pero se podría contar la historia al revés: Gould como un pretencioso vanguardista, o como un adolescente que hace un "gesto de artista"; Richter como alguien en una madura búsqueda de los detalles desapercibidos, de lo sutil y a la vez de una comprensión de la totalidad; y por último Leonhardt, como aquel que está por encima de la interpretación misma y de la sensiblería o de los gestos polémicos, alguien que busca entender a Bach realmente, no para mostrarle a otros sino para comprender, comprenderse y transformarse, para hacer su propio momento presente con la historia.

Los tres son en eso muy modernos, pero modernos de modo difernete. Tal vez por eso su resupuesta al acertijo de cómo tocar a Bach hace que la pieza se escuche si fueran tres formas de arte tan distintas y tan --casi-- incompatibles.