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lunes, 3 de junio de 2013
Los bárbaros
Acabo de de releer el relato de Kafka "Una hoja vieja" (lo copio en la entrada anterior). El cuento tiene, por supuesto, muchas de las obsesiones de Kafka; puede ser leído como una de esas parábolas sobre la modernidad, sobre la omnipresente ausencia de la ley, sobre el desamparo del sujeto impotente, etc. Sin embargo, esta vez pensé en una lectura apócrifa: el cuento bien hubiera podido haberse escrito hoy en una ciudad de Colombia.
Tenemos entonces zapateros, comerciantes, tenderos, que de repente se ven invadidos por una barbarie que lentamente los había estado rodeando. No saben qué hacer, pero alimentan a los invasores, y los dejan estar. Durante años la pesadilla había sido algo lejano, pero ahora ha llegado hasta ellos, junto a sus casas en las puertas mismas del palacio. Allí, el gobernante observa y se inclina ante el horror, sin hacer otra cosa que poner como escudo a sus ciudadanos. La escena se parece a la sensación que tiene tanta "gente de bien" de las ciudades. Quien dice proteger al pueblo observa inmóvil cómo la pesadilla se extiende; ¿no será el emperador quien llamó a los jinetes, no será que los soldados no se retiraron por miedo, sino para dejar que aquellos hagan su trabajo? Además, imaginamos el horror de la guerra como una barbarie que nada tiene que ver con nosotros y que sólo nos llega por "un malentendido", pero la alimentamos constantemente. ¿No será que, por las noches, algún comerciante o tendero prueba a disfrazarse de bárbaro y se une a ellos en su masacre de bueyes?
martes, 16 de octubre de 2012
Tejer relatos (para Alexander Díaz "Mateo", in memoriam)
Cuando alguien cercano muere, todo a nuestro alrededor se difumina y se vuelve aterradoramente opaco. No podemos dejar de pensar en nuestra propia muerte. No es que creamos que vamos a desaparecer ya mismo, es que ya no estamos seguros de que no pueda pasar así. La pérdida entonces es doble: desaparece nuestro amigo, pero también desaparece la seguridad que teníamos de nosotros mismos. La solidez de nuestro mundo pierde de ese modo su fuerza, y el sentido que le damos a lo que nos rodea se revela como provisional; uno de los ligamentos que mantenía todo en orden de repente se ha roto. No podemos entonces ignorar, ni postergar con pragmatismos, la sensación de que lo que somos no es claro, como ya no es clara la existencia de esa persona cercana.
Se ha dicho infinidad de veces que hay que vivir sabiendo que en cualquier momento moriremos. Pretender actuar con la certeza de que vamos a morir mañana es tan frívolo como actuar con la certeza de que somos inmortales. Pero, ¿qué significa eso? Significa, no que debamos entregarnos al placer inmediato, ni a la construcción de grandes proyectos, ni al ascetismo ni al vicio. No significa nada en particular... y sin embargo, cuando la muerte llega demasiado cerca, aparece ante nosotros la pregunta sin respuesta por el sentido que le damos a nuestros actos, y a los actos de los otros; la pregunta por lo que somos en el mundo que construimos sin prestar atención.
«Un hombre que muere a los treinta y cinco años, es, en cada punto de su vida, un hombre que muere a los treinta y cinco años», cita Walter Benjamin, y corrige: «un hombre que muere a los treinta y cinco años quedará en la rememoración como alguien que en cada punto de su vida muere a los treinta y cinco años. En otras palabras: esa misma frase que no tiene sentido para la vida real, se convierte en incontestable para la recordada». El sentido de la vida de una persona puede ser su muerte, sobre todo para quienes lo recordamos. Pero, ¿cómo construir ese sentido? No todo lo que hace una persona adquiere un significado completo cuando muere, menos cuando muere joven. Siempre fallecer es una interrupción, y por lo mismo, no puede ser esa interrupción lo único que se diga de quien es sorprendido por la muerte. Hay que alejarse de ese lugar común (“tan joven que era”) si de verdad se quiere honrar su memoria.
Es sólo en esa memoria donde podemos buscar el homenaje sincero a esa persona, y a lo que era para nosotros. Nunca sabremos qué significados le daba en silencio a su vida, nunca podremos juzgarla, aún si queremos hacer de ella un héroe o una decepción (el héroe se sabe en secreto mentiroso, el despreciado se sabe en el fondo único y, de algún modo, especial). Sólo nos quedan los significados que, con los actos y palabras que dejó, podemos nosotros tejer en la rememoración.
Quizá el sentido de la vida sea imaginar los sentidos de nuestros actos y de los actos del otro. Por eso, tal vez, los verdaderos héroes sean quienes nos convencen de que su vida, cuando termina, tiene un sentido, aquellos cuya imaginación es tal que logran tejer relatos en sí mismos y en los demás. La verdadera hazaña de una persona sería entonces lograr que, de los recuerdos que han quedado de ella en las mentes de nosotros, puedan surgir relatos que nos ayuden a volver a tejer el sentido de nuestro mundo.
Se ha dicho infinidad de veces que hay que vivir sabiendo que en cualquier momento moriremos. Pretender actuar con la certeza de que vamos a morir mañana es tan frívolo como actuar con la certeza de que somos inmortales. Pero, ¿qué significa eso? Significa, no que debamos entregarnos al placer inmediato, ni a la construcción de grandes proyectos, ni al ascetismo ni al vicio. No significa nada en particular... y sin embargo, cuando la muerte llega demasiado cerca, aparece ante nosotros la pregunta sin respuesta por el sentido que le damos a nuestros actos, y a los actos de los otros; la pregunta por lo que somos en el mundo que construimos sin prestar atención.
«Un hombre que muere a los treinta y cinco años, es, en cada punto de su vida, un hombre que muere a los treinta y cinco años», cita Walter Benjamin, y corrige: «un hombre que muere a los treinta y cinco años quedará en la rememoración como alguien que en cada punto de su vida muere a los treinta y cinco años. En otras palabras: esa misma frase que no tiene sentido para la vida real, se convierte en incontestable para la recordada». El sentido de la vida de una persona puede ser su muerte, sobre todo para quienes lo recordamos. Pero, ¿cómo construir ese sentido? No todo lo que hace una persona adquiere un significado completo cuando muere, menos cuando muere joven. Siempre fallecer es una interrupción, y por lo mismo, no puede ser esa interrupción lo único que se diga de quien es sorprendido por la muerte. Hay que alejarse de ese lugar común (“tan joven que era”) si de verdad se quiere honrar su memoria.
Es sólo en esa memoria donde podemos buscar el homenaje sincero a esa persona, y a lo que era para nosotros. Nunca sabremos qué significados le daba en silencio a su vida, nunca podremos juzgarla, aún si queremos hacer de ella un héroe o una decepción (el héroe se sabe en secreto mentiroso, el despreciado se sabe en el fondo único y, de algún modo, especial). Sólo nos quedan los significados que, con los actos y palabras que dejó, podemos nosotros tejer en la rememoración.
Quizá el sentido de la vida sea imaginar los sentidos de nuestros actos y de los actos del otro. Por eso, tal vez, los verdaderos héroes sean quienes nos convencen de que su vida, cuando termina, tiene un sentido, aquellos cuya imaginación es tal que logran tejer relatos en sí mismos y en los demás. La verdadera hazaña de una persona sería entonces lograr que, de los recuerdos que han quedado de ella en las mentes de nosotros, puedan surgir relatos que nos ayuden a volver a tejer el sentido de nuestro mundo.
domingo, 3 de junio de 2012
Guardar las ideas
Desafortunadamente no hay tal frasco. Tenemos que cargar con las ideas, viendo cómo se mezclan desordenadamente hasta hacerese indistinguibles, cómo crecen de maneras deformes, cómo se empequeñecen y se esconden, cómo se marchitan o se evaporan.
lunes, 21 de mayo de 2012
Fantasmas
![]() |
| Paul Delvaux - Mujeres de vida galante |
No pasa nada.
Esos días son peores que los malos; de estos tal vez se pueden sacar cosas dignas de ser
recordadas. También son peores que los días que no empiezan bien; al menos no
dejan esa sensación de promesa incumplida. En días así, uno piensa que tal vez los fantasmas sí existen.
Sólo que, en lugar de asustarnos, se sientan a observar cómo nos parecemos cada
vez más a ellos.
jueves, 19 de abril de 2012
Hay que ser práctico
| Tomada de "Entrepreneurship" |
“Ese es el problema de ustedes”, dice el hombre. “Se niegan a ser realistas, nunca proponen nada realizable y sólo saben decir que no".
viernes, 13 de abril de 2012
Interrupciones
Conversación con mi hermano y un amigo camino al trabajo.
Tema: cómo dar cuenta de una realidad caótica y cambiante sin reducirla; la
abstracción es quizás un acto de imaginación, pero no por eso debe desecharse,
pues…. Un indigente se acerca, nos pide
dinero, nos negamos, nos insulta. Silencio incómodo. El caos de la realidad
entra a saco en nuestro mundo de epistemologías.
Esa misma tarde, seminario de literatura latinoamericana.
Tema: la cultura latinoamericana, según ciertos poetas y pensadores brasileros,
puede relacionarse con el pensamiento europeo, no como el sumiso colonizado que
aplica las teorías, sino como el caníbal, que se las apropia como quiere, las digiere
y las convierte en energía para sus fines. Es una apropiación rebelde de tipo…
Ruido de trompetas y tambores, música de marcha. Frente a nosotros, en el Museo Militar, rinden honores a un general. Sabemos
de qué se trata, pues hemos visto al llegar los carros blindados, los fusiles
y los soldados que nos miran con desconfianza, aunque ya nos han requisado
varias veces. El poder ha entrado a saco en nuestro mundo de rebelión textual.
Por la noche comparto el taxi con el profesor del seminario
y conversamos. Tema: la visión de la tradición poética de T. S. Eliot. Eliot
incluía muchas veces fragmentos y temas de Dante en sus poemas. En “La tierra
baldía” no solo copia a Dante, sino a la Divina Comedia tal como la recibimos,
con toda la tradición crítica que aparece en las notas al pie. Por eso "Tierra baldía" tiene notas al final que explican cada verso. Eliot quería…. La
emisora del taxista a todo volumen nos deja sin palabras. El locutor conversa
con un oyente sobre lo conveniente que es follarse a todas las empleadas de
servicio doméstico que limpian la casa. “A mí sí me gusta follármelas rapidito,
¿y a usted?”, dice el locutor. “Claro, claro, es que eso es lo rico”, responde
el oyente. Una tradición más permanente ha entrado a saco en nuestro mundo de
diálogos poéticos.
sábado, 18 de junio de 2011
Variación sobre una analogía gastada
![]() |
| Tomada del blog "embracing bevin" |
Luego las cosas comienzan a cansarlo a uno. Entonces uno quiere tocar las cosas de verdad, ver bien los colores, pero sobre todo respirar. Uno sueña con salir de la burbuja. Ser libre al fin, se dice uno.
Entonces, cuando menos se piensa la burbuja se fisura un poco, se revienta y todo entra de repente: el aire pútrido, la luz que quema la piel y los ojos, las superficies ásperas y llenas de filos. El mundo se revela con su verdad: la violencia, la miseria, la crueldad. Y lo castiga a uno sin concesiones. Lo castiga por pensar que las cosas dependían de la voluntad de uno y creer que la burbuja estaría ahí para siempre. Lo castiga a uno porque, sin que uno lo admitiera, la burbuja era robada y nada le daba derecho a vivir en ella. Lo castiga por todos los que sufrieron para mantenerla.
Eso, al menos, cree uno. Pero en realidad el mundo lo castiga a uno porque sí, porque de eso se trata, porque ahora sí puede.
martes, 31 de mayo de 2011
Ir de un lugar a otro
Cuando se va de un lado a otro —en un bus, por ejemplo— uno entra en un estado extraño. Por un lado, uno sabe que va a un lugar particular. Por supuesto, puede haber un accidente o en un imprevisto cualquiera (y en Bogotá eso es común), pero en general uno asume que va a llegar a un punto fijo. Por otro lado, uno siempre deja un lugar. En eso no hay ambigüedades: ir a un sitio es siempre es irse de un sitio.
La cuestión es que esos dos lugares fijos también suelen ser lugares de actividad: uno se va de un sitio en el que hace algo, para ir a otro sitio en el que hace algo. Ese hacer es siempre la responsabilidad, la postergación de la responsabilidad, el placer, la postergación del placer, el encuentro con los otros, el desencuentro con los otros, el cansarse, el descansar. Los lugares son la condición de la acción, de nuestro movimiento. Pero cuando uno tiene que ir a otro lugar no puede hacer ninguna de esas cosas. Por eso no tiene más remedio que postergarlas y estar en ese intervalo de tiempo muerto, en ese paréntesis.
Por supuesto, hay opciones: se puede charlar si uno va acompañado, se puede escuchar música, se puede leer un poco, se puede hablar por teléfono. Hay tantas alternativas que es fácil sentirse a salvo de ese punto muerto en nuestras vidas. Basta con reducirlo a un momento de incomodidad o a una pequeña reorganización forzosa de nuestras agendas.
Pero también hay otra posibilidad: no hacer nada. Al principio es estúpidamente aburrido. Pero luego se da uno cuenta de que hay cierta liberación. El futuro se siente seguro (uno va a hacer algo muy pronto); no hay posibilidad de que lo que le pasaba a uno antes se extienda más de lo necesario (uno ya se ha ido del lugar donde pasaba); uno no puede hacer nada, y entonces no debe hacer nada. Así, ese paréntesis es el momento de mayor estabilidad y de menor exigencia; es un descanso de lo que uno es. Es el placer de, por fin, estar quieto.
La cuestión es que esos dos lugares fijos también suelen ser lugares de actividad: uno se va de un sitio en el que hace algo, para ir a otro sitio en el que hace algo. Ese hacer es siempre la responsabilidad, la postergación de la responsabilidad, el placer, la postergación del placer, el encuentro con los otros, el desencuentro con los otros, el cansarse, el descansar. Los lugares son la condición de la acción, de nuestro movimiento. Pero cuando uno tiene que ir a otro lugar no puede hacer ninguna de esas cosas. Por eso no tiene más remedio que postergarlas y estar en ese intervalo de tiempo muerto, en ese paréntesis.
Por supuesto, hay opciones: se puede charlar si uno va acompañado, se puede escuchar música, se puede leer un poco, se puede hablar por teléfono. Hay tantas alternativas que es fácil sentirse a salvo de ese punto muerto en nuestras vidas. Basta con reducirlo a un momento de incomodidad o a una pequeña reorganización forzosa de nuestras agendas.
Pero también hay otra posibilidad: no hacer nada. Al principio es estúpidamente aburrido. Pero luego se da uno cuenta de que hay cierta liberación. El futuro se siente seguro (uno va a hacer algo muy pronto); no hay posibilidad de que lo que le pasaba a uno antes se extienda más de lo necesario (uno ya se ha ido del lugar donde pasaba); uno no puede hacer nada, y entonces no debe hacer nada. Así, ese paréntesis es el momento de mayor estabilidad y de menor exigencia; es un descanso de lo que uno es. Es el placer de, por fin, estar quieto.
martes, 24 de agosto de 2010
Dolor de espalda II (notas sobre un regreso)
1
Desde que regresé las cosas se suceden unas a otras. Debería estar feliz, extático. Al fin y al cabo, pocas personas tienen tanta suerte. Digo pocas sin retórica: a la mayoría de gente que conozco no le va tan bien, y con toda seguridad casi toda la gente que no conozco ni siquiera vive con dignidad. Así que mi situación es como para saltar de alegría.
Pero no salto.
Tampoco se trata de deprimirse. Los problemas de los demás, sean de los amigos o del mundo, mejor verlos con tranquilidad; si no, ya son problemas de uno. Tampoco se trata de revivir el spleen de Baudelaire. Se trata más bien de una ausencia de emociones. Al cabo de dos meses, luego de las primeras impresiones, la vida se ha vuelto una sucesión de escenas inconexas. Todas se remiten directa o indirectamente al pasado, a antes del viaje, pero ya no es claro cómo se conectaban entre sí en ese entonces. Así, en cada escena se puede interpretar con naturalidad el rol esperado, pero no se siente ninguna naturalidad. Al final la sensación es la de ir en un carrito mientras le ponen a uno escenarios de cartón; después de un tiempo parece que uno es el de cartón.
El yo fragmentado del que tanto se habla hoy no se experimenta como una desconsoladora realidad ni como una apertura a nuevos universos. Es más la verificación de un hecho algo gris; no se trata de la destrucción del yo en átomos miserables ni la multiplicación de la consciencia hasta el universo (o el multiverso, para ser posmodernos), sino de algo que se parece más a esas películas malas donde ocurren tantas cosas que ninguna es importante. Uno termina queriendo cambiar de canal.
Por lo pronto, en medio de esa sucesión de espacios anodinos, lo único que puede ser un contínuum, lo único que recuerda que yo soy yo, es un dolor de espalda que no se va. Lo mejor de ese dolorcito es que tiene todo para imponerse y dar una sensación de unidad: es físico, es innegable, es el mismo siempre y, sobre todo, se basa en la culpa: si hiciera más ejercicio, no estaría ahí. En todo caso, al final el monocorde dolor sólo acompaña los fragmentos de vida que no terminan de cuajar ni de interesar en serio a nadie.
2
Siempre se dice que una de las ventajas de viajar es ver las cosas con la sorpresa de lo inesperado, con cierta extrañeza que le está imposibilitada a la mirada local que ya se ha acostumbrado. También se dice que, cuando se regresa después de un tiempo relativamente largo de ausencia, se tiene esa misma sensación y se perciben cosas que antes de partir pasaban de largo. Esto es en parte cierto, pero hay ciertas diferencias entre el viaje y el regreso.
En el viaje, cada experiencia es una verificación de la novedad o de la familiaridad. A menos que se intente lo contrario, todo termina reduciéndose a una lista de compras de aceptaciones, rechazos y verificaciones de conexiones no evidentes entre la sociedad propia y la nueva. El extremo ridículo de esta actitud es el turista, cuyo viaje se reduce al cumplimiento de la chjeck-list de lo imperdible que hace que se pierda de todo lo verdaderamente imprescindible (no lo digo desde la arrogancia sino desde la experiencia: he sido varias veces ese turista de guía lonley-planet y fotos malas).
La martillada retahíla de la tolerancia del viajero cosmopolita es más un acto de voluntad que casi nunca ocurre con profundidad, y que en todo caso se puede dar perfectamente en alguien que, como Lezama Lima, casi no ha salido de su terruño. Si no se intenta de veras, se puede viajar por el mundo y no verse afectado en serio. Lo mismo se puede decir de los lugares llamados cosmopolitas. Aunque evidentemente un lugar donde confluyen extranjeros permite más el encuentro con lo otro, esto no es necesario. De nuevo el turista es un buen ejemplo, pero ya no desde el punto de vista individual sino en tanto que fenómeno: los lugares muy turísticos suelen estar muy aislados culturalmente: el turista no va a dialogar sino a consumir fachadas, el nativo detesta al turista pero necesita dinero; al final el intercambio ocurre pero está lejos de las idealizaciones de dialogo cultural. Por su parte, la ciudad cosmopolita, que suele ser una ciudad rica llena de turistas, extranjeros y sub-extranjeros (inmigrantes), padece la ilusión de la diversidad generalizada. En realidad únicamente se vive una diversidad como posibilidad que hay que realizar deliberadamente. De lo contrario se trata de una fachada d intercambios vacíos.
Así, tanto el viaje como la experiencia de ciudad cosmopolita sólo se manifiesta como superficie banal a menos que quien la experimenta busque, e incluso fuerce, una continuidad entre sí mismo y el otro. Esto puede derivar en la apertura al otro, al estilo de la Hermenéutica; en la sumisión acrítica, al estilo de inmigrante que se intenta dejar de serlo; o finalmente en el resentimiento que desemboca en el nacionalismo del que cree que su país es el mejor. Entonces el círculo se cierra y la experiencia de viaje se vuelve la enumeración del turista de lo bueno y lo malo, solo que más compleja.
Lo que subyace a esto, además de los evidentes problemas culturales, es precisamente la continuidad de las experiencias: cuando uno se aleja de lo cotidiano y lo familiar, se encuentra con la imposibilidad de crear conexiones entre lo que lo rodea y lo que uno es (o cree que es); pero más importante aún, entre lo que uno es y lo que experimenta. La discriminación xenófoba es la experiencia más violenta en ese sentido: uno debe moverse por un mundo donde los demás asumen un ser externo a uno y uno se ve obligado a lidiar con esa imagen falsa.
Sin embargo, la violencia de esa experiencia hace que se imponga como una realidad incuestionable. La fragmentación ocurre en otro plano más cotidiano: son las pequeñas cosas de todos los días las que no encajan, las que hacen que todo parezca tan artificial. Por supuesto esto es solo temporal, y al cabo de un tiempo la voluntad de recuperar una vida cómoda hace que uno termine uniendo los puntos y creando una sensación de organicidad.
3
El regreso, en cambio, es diferente.
En primer lugar, la sensación de extrañeza se esfuma rápido. A menos que uno haya pasado tanto tiempo por fuera que el lugar al que se regresa es del todo diferente, las primeras impresiones de desacostumbramiento son remplazadas rápidamente por la memoria de lo que uno era. Al final los ritos y los caminos ocultos para navegar por la ciudad vuelven a aparecer y uno se acomoda.
Pero ahí está la trampa: aunque los caminos están, ahora son claramente artificiales. El problema es que, a diferencia del viaje, en el regreso no se puede apelar a lo nuevo y a la extrnajería para justificar la sensación fragmentaria. Todo se vuelve una sucesión de experiencias yuxtapuestas falsamente unidas. Al final uno siente realmente que asiste a su vida pero no la vive, que puede ser cualquier persona sin ser auténticamente nadie y ninguna actitud frente a nade se impone como verdadera. Lo único que se mantiene, como hilo conductor o monocorde acompañante, es un dolor de espalda que nos recuerda que el cuerpo de ayer y el de hoy son casi con seguridad el mismo cuerpo, y que por lo tanto somos las mimas personas.
Un argumento así se ha rebatido hasta la saciedad. Pero ¿a quién le importa? Al final uno se conforma con eso y lo asume como punto de partida para volver a construir la sensación de que todo lo que pasa está conectado y que, por lo tanto, tiene sentido. Esto también ha sido rebatido, pero es tener comodidad y no razón lo que termina moviendo la rutina. Supongo que habrá que esperar a que esa rutina construya la sensación del yo que por ahora impide sentir las cosas como ciertas.
Desde que regresé las cosas se suceden unas a otras. Debería estar feliz, extático. Al fin y al cabo, pocas personas tienen tanta suerte. Digo pocas sin retórica: a la mayoría de gente que conozco no le va tan bien, y con toda seguridad casi toda la gente que no conozco ni siquiera vive con dignidad. Así que mi situación es como para saltar de alegría.
Pero no salto.
Tampoco se trata de deprimirse. Los problemas de los demás, sean de los amigos o del mundo, mejor verlos con tranquilidad; si no, ya son problemas de uno. Tampoco se trata de revivir el spleen de Baudelaire. Se trata más bien de una ausencia de emociones. Al cabo de dos meses, luego de las primeras impresiones, la vida se ha vuelto una sucesión de escenas inconexas. Todas se remiten directa o indirectamente al pasado, a antes del viaje, pero ya no es claro cómo se conectaban entre sí en ese entonces. Así, en cada escena se puede interpretar con naturalidad el rol esperado, pero no se siente ninguna naturalidad. Al final la sensación es la de ir en un carrito mientras le ponen a uno escenarios de cartón; después de un tiempo parece que uno es el de cartón.
El yo fragmentado del que tanto se habla hoy no se experimenta como una desconsoladora realidad ni como una apertura a nuevos universos. Es más la verificación de un hecho algo gris; no se trata de la destrucción del yo en átomos miserables ni la multiplicación de la consciencia hasta el universo (o el multiverso, para ser posmodernos), sino de algo que se parece más a esas películas malas donde ocurren tantas cosas que ninguna es importante. Uno termina queriendo cambiar de canal.
Por lo pronto, en medio de esa sucesión de espacios anodinos, lo único que puede ser un contínuum, lo único que recuerda que yo soy yo, es un dolor de espalda que no se va. Lo mejor de ese dolorcito es que tiene todo para imponerse y dar una sensación de unidad: es físico, es innegable, es el mismo siempre y, sobre todo, se basa en la culpa: si hiciera más ejercicio, no estaría ahí. En todo caso, al final el monocorde dolor sólo acompaña los fragmentos de vida que no terminan de cuajar ni de interesar en serio a nadie.
2
Siempre se dice que una de las ventajas de viajar es ver las cosas con la sorpresa de lo inesperado, con cierta extrañeza que le está imposibilitada a la mirada local que ya se ha acostumbrado. También se dice que, cuando se regresa después de un tiempo relativamente largo de ausencia, se tiene esa misma sensación y se perciben cosas que antes de partir pasaban de largo. Esto es en parte cierto, pero hay ciertas diferencias entre el viaje y el regreso.
En el viaje, cada experiencia es una verificación de la novedad o de la familiaridad. A menos que se intente lo contrario, todo termina reduciéndose a una lista de compras de aceptaciones, rechazos y verificaciones de conexiones no evidentes entre la sociedad propia y la nueva. El extremo ridículo de esta actitud es el turista, cuyo viaje se reduce al cumplimiento de la chjeck-list de lo imperdible que hace que se pierda de todo lo verdaderamente imprescindible (no lo digo desde la arrogancia sino desde la experiencia: he sido varias veces ese turista de guía lonley-planet y fotos malas).
La martillada retahíla de la tolerancia del viajero cosmopolita es más un acto de voluntad que casi nunca ocurre con profundidad, y que en todo caso se puede dar perfectamente en alguien que, como Lezama Lima, casi no ha salido de su terruño. Si no se intenta de veras, se puede viajar por el mundo y no verse afectado en serio. Lo mismo se puede decir de los lugares llamados cosmopolitas. Aunque evidentemente un lugar donde confluyen extranjeros permite más el encuentro con lo otro, esto no es necesario. De nuevo el turista es un buen ejemplo, pero ya no desde el punto de vista individual sino en tanto que fenómeno: los lugares muy turísticos suelen estar muy aislados culturalmente: el turista no va a dialogar sino a consumir fachadas, el nativo detesta al turista pero necesita dinero; al final el intercambio ocurre pero está lejos de las idealizaciones de dialogo cultural. Por su parte, la ciudad cosmopolita, que suele ser una ciudad rica llena de turistas, extranjeros y sub-extranjeros (inmigrantes), padece la ilusión de la diversidad generalizada. En realidad únicamente se vive una diversidad como posibilidad que hay que realizar deliberadamente. De lo contrario se trata de una fachada d intercambios vacíos.
Así, tanto el viaje como la experiencia de ciudad cosmopolita sólo se manifiesta como superficie banal a menos que quien la experimenta busque, e incluso fuerce, una continuidad entre sí mismo y el otro. Esto puede derivar en la apertura al otro, al estilo de la Hermenéutica; en la sumisión acrítica, al estilo de inmigrante que se intenta dejar de serlo; o finalmente en el resentimiento que desemboca en el nacionalismo del que cree que su país es el mejor. Entonces el círculo se cierra y la experiencia de viaje se vuelve la enumeración del turista de lo bueno y lo malo, solo que más compleja.
Lo que subyace a esto, además de los evidentes problemas culturales, es precisamente la continuidad de las experiencias: cuando uno se aleja de lo cotidiano y lo familiar, se encuentra con la imposibilidad de crear conexiones entre lo que lo rodea y lo que uno es (o cree que es); pero más importante aún, entre lo que uno es y lo que experimenta. La discriminación xenófoba es la experiencia más violenta en ese sentido: uno debe moverse por un mundo donde los demás asumen un ser externo a uno y uno se ve obligado a lidiar con esa imagen falsa.
Sin embargo, la violencia de esa experiencia hace que se imponga como una realidad incuestionable. La fragmentación ocurre en otro plano más cotidiano: son las pequeñas cosas de todos los días las que no encajan, las que hacen que todo parezca tan artificial. Por supuesto esto es solo temporal, y al cabo de un tiempo la voluntad de recuperar una vida cómoda hace que uno termine uniendo los puntos y creando una sensación de organicidad.
3
El regreso, en cambio, es diferente.
En primer lugar, la sensación de extrañeza se esfuma rápido. A menos que uno haya pasado tanto tiempo por fuera que el lugar al que se regresa es del todo diferente, las primeras impresiones de desacostumbramiento son remplazadas rápidamente por la memoria de lo que uno era. Al final los ritos y los caminos ocultos para navegar por la ciudad vuelven a aparecer y uno se acomoda.
Pero ahí está la trampa: aunque los caminos están, ahora son claramente artificiales. El problema es que, a diferencia del viaje, en el regreso no se puede apelar a lo nuevo y a la extrnajería para justificar la sensación fragmentaria. Todo se vuelve una sucesión de experiencias yuxtapuestas falsamente unidas. Al final uno siente realmente que asiste a su vida pero no la vive, que puede ser cualquier persona sin ser auténticamente nadie y ninguna actitud frente a nade se impone como verdadera. Lo único que se mantiene, como hilo conductor o monocorde acompañante, es un dolor de espalda que nos recuerda que el cuerpo de ayer y el de hoy son casi con seguridad el mismo cuerpo, y que por lo tanto somos las mimas personas.
Un argumento así se ha rebatido hasta la saciedad. Pero ¿a quién le importa? Al final uno se conforma con eso y lo asume como punto de partida para volver a construir la sensación de que todo lo que pasa está conectado y que, por lo tanto, tiene sentido. Esto también ha sido rebatido, pero es tener comodidad y no razón lo que termina moviendo la rutina. Supongo que habrá que esperar a que esa rutina construya la sensación del yo que por ahora impide sentir las cosas como ciertas.
domingo, 4 de julio de 2010
Over the Rhine
Cincinnati tiene algo del encanto de los proyectos fallidos. Rodeada de suburbios y bosques semi naturales (como muchas ciudades de Estados Unidos) se encuentra el área central. Abandonado, desarticulado y en un proceso de lenta y atropellada gentrificación, el centro da cuenta de la opulencia de la época de la navegación por el río Ohio y a la vez transmite la historia de constante decadencia. El caso más emblemático es Over the Rhine. Este lugar fue el eje de la prospera colonia alemana y ahora es el barrio más peligroso de Estados Unidos. Lo que uno siente cuando pasa hacia el atardecer por allí (sobre todo en las areas que no han sido "restauradas" y son todavía "el gueto") es que la comodidad de vivir en el país más rico del mundo no existe. El sueño de progreso individual no se hace evidente, o está enterrado por la dinámica de segregación, miseria y violencia. Incluso los cuerpos, lacerados por la malnutrición y el crack, desafían cualquier intento de ver un ideal de progreso.
Estar allí, sin embargo, me generó una suerte de simpatía. No se trata de que se esté feliz por ver algo así, o de que se disfrute de la violencia, el miedo y la miseria. Pero, aún a través el horror de niño aburguesado, uno puede sentir una suerte de sensación de humanidad completa. Over the Rhine es el fracaso de un proyecto hegemónico que se presenta como una unanimidad feliz, llena de vacíos y contradicciones internas, pero que nunca parece destruirse estrepitosamente. Al estar en el gueto, se hace evidentemente la complejidad de la sociedad estadounidense, complejidad que sólo se muestra con maquillaje en los periódicos y en las series. En Over the Rhine, "The Rights of Life, Liberty and The Pursuit of Happiness" no parecen más que conceptos abstractos y ajenos, no los pilares ideológicos sobre los que se construye una vida.
Al final la simpatía que produce el gueto de Over the Rhine no es agradable. Lo que me transmite el barrio tiene que ver justamente con esa sensación de ausencia a la que se había acostumbrado uno y que reaparece incluso visualmente. Es ver por fin un sector de la sociedad que se cae a pedazos, y que muestra las equivocaciones de una sociedad entera. Así, en el reconocimiento del fango del otro, se siente uno más cercano.
Pero aún en el gueto de Cincinnati uno sabe que no es lo mismo. Las ciudades de los países pobres no pueden disimular la aspereza, ni pueden glorificarla como lo hacen las ciudades de los países ricos. Aún Over the Rihne vive de las migajas de una nación opulenta, de modo que se sostiene con más estabilidad. El homeless tiene una tranquilidad que no se ve en el indigente, como si de algún modo el primero sintiera que su posibilidad de vivir es más alta o que hay que luchar con menos rudeza por ella. Además, en Cincinnati siempre se puede tomar un bus de vuelta al mundo que funciona. En la ciudad del país pobre, en cambio, sólo se puede conseguir esa falacia en el interior de las casas. El resto del tiempo, uno siente que Over the Rhine está en todas partes extendiendo sus tentáculos. No. Eso es solo una reacción visual. Bien vistas las cosas, la metafora en la ciudad pobre es al revés: no es un gueto que se va expandiendo por una ciudad, sino que, en un “Sobre el Rin” inacabable hay un pequeño pulpo de opulencia que extiende sus lánguidos tentáculos y hace emerger pequeños espacios hermosos. Esos espacios son como flores que brotan y muestran su belleza pero succionan la poca agua que queda y ensanchan el desierto: los espacios que funcionan lo hacen aumentando la ruindad cotidiana circundante, pues de ella se alimentan.
La cuestión no es que en un lugar no ocurra la infamia y en otro sí, sino qué tan perceptible es. Chiquita mata sindicalistas para incrementar sus ganancias, de las cuales una parte llega a Cincinnati (gracias que la casa matriz está allí); con ese dinero alcanza para maquillar los problemas.
En Bogotá, en cambio, uno tiene que ver constantemente la dinámica de dentelladas del capitalismo que en Cincinnati solo aparece como un imponente edificio que está saqueando algún lugar bien lejos... a menos que uno vaya al gueto. Entonces se da uno cuenta de que pensar que hay países mejores, donde uno puede escapar de la ignominia de verlo todo caerse a pedazos, es tan futil como creer que la mala consciencia se quita viviendo en un conjunto cerrado de casas, lejos de los indigentes.
Estar allí, sin embargo, me generó una suerte de simpatía. No se trata de que se esté feliz por ver algo así, o de que se disfrute de la violencia, el miedo y la miseria. Pero, aún a través el horror de niño aburguesado, uno puede sentir una suerte de sensación de humanidad completa. Over the Rhine es el fracaso de un proyecto hegemónico que se presenta como una unanimidad feliz, llena de vacíos y contradicciones internas, pero que nunca parece destruirse estrepitosamente. Al estar en el gueto, se hace evidentemente la complejidad de la sociedad estadounidense, complejidad que sólo se muestra con maquillaje en los periódicos y en las series. En Over the Rhine, "The Rights of Life, Liberty and The Pursuit of Happiness" no parecen más que conceptos abstractos y ajenos, no los pilares ideológicos sobre los que se construye una vida.
Al final la simpatía que produce el gueto de Over the Rhine no es agradable. Lo que me transmite el barrio tiene que ver justamente con esa sensación de ausencia a la que se había acostumbrado uno y que reaparece incluso visualmente. Es ver por fin un sector de la sociedad que se cae a pedazos, y que muestra las equivocaciones de una sociedad entera. Así, en el reconocimiento del fango del otro, se siente uno más cercano.
Pero aún en el gueto de Cincinnati uno sabe que no es lo mismo. Las ciudades de los países pobres no pueden disimular la aspereza, ni pueden glorificarla como lo hacen las ciudades de los países ricos. Aún Over the Rihne vive de las migajas de una nación opulenta, de modo que se sostiene con más estabilidad. El homeless tiene una tranquilidad que no se ve en el indigente, como si de algún modo el primero sintiera que su posibilidad de vivir es más alta o que hay que luchar con menos rudeza por ella. Además, en Cincinnati siempre se puede tomar un bus de vuelta al mundo que funciona. En la ciudad del país pobre, en cambio, sólo se puede conseguir esa falacia en el interior de las casas. El resto del tiempo, uno siente que Over the Rhine está en todas partes extendiendo sus tentáculos. No. Eso es solo una reacción visual. Bien vistas las cosas, la metafora en la ciudad pobre es al revés: no es un gueto que se va expandiendo por una ciudad, sino que, en un “Sobre el Rin” inacabable hay un pequeño pulpo de opulencia que extiende sus lánguidos tentáculos y hace emerger pequeños espacios hermosos. Esos espacios son como flores que brotan y muestran su belleza pero succionan la poca agua que queda y ensanchan el desierto: los espacios que funcionan lo hacen aumentando la ruindad cotidiana circundante, pues de ella se alimentan.
La cuestión no es que en un lugar no ocurra la infamia y en otro sí, sino qué tan perceptible es. Chiquita mata sindicalistas para incrementar sus ganancias, de las cuales una parte llega a Cincinnati (gracias que la casa matriz está allí); con ese dinero alcanza para maquillar los problemas.
En Bogotá, en cambio, uno tiene que ver constantemente la dinámica de dentelladas del capitalismo que en Cincinnati solo aparece como un imponente edificio que está saqueando algún lugar bien lejos... a menos que uno vaya al gueto. Entonces se da uno cuenta de que pensar que hay países mejores, donde uno puede escapar de la ignominia de verlo todo caerse a pedazos, es tan futil como creer que la mala consciencia se quita viviendo en un conjunto cerrado de casas, lejos de los indigentes.
viernes, 30 de octubre de 2009
Dolor de espalda
Pasa otra semana, llego al final durmiendo mal, con dolor de espalda y habiendo hecho poco.
La frustración es por no aprovechar la posibilidad de alejarse del mundanal ruido y buscar una vida dedicada al puro oficio de las letras. Al fin y al cabo de eso se trata este sitio... ¿qué otro encanto puede tener vivir en un lugar donde no hay nada para hacer?
En el fondo se ocultan dos sensaciones: una, la influencia del catolicismo: la purificación, no por medio de un ascetismo intramundano, sino de la reclusión... acceder a lo sagrado a través del alejamiento de lo material y lo corporal (superados en parte los moralismos sexuales, el fin de semana y sin haber dormido bien, con resfriado y dolor de espalada me muestra que he abandonado el cuerpo). La segunda fantasía es la del conocimiento total: el plíglota polímato: Borges, Valéry, Frye, Borges... gente que leyó todos los libros o que agotó una tradición. También está William Blake y Lesama Lima, fundadores de sectas de un solo integrante. Así que de nuevo el problema es religioso. El problema del agnosticismo es que lo espiratual sale por la puerta pero entra por la ventana. Y al mismo tiempo nos enfrentamos con que somos mediocres y desperdiciamos las oportunidades, que gastamos horas y horas revisando páginas inútiles de internet o pensando en política.
Así que el asunto está de nuevo en la culpa: se verifica que no se es lo que se quiere ser y entonces ese ser imagnario que uno ha creado lo mira a uno con gesto reprobatorio y le dice: "muy mal, Gabriel, pasan los días, los años, y nada que haces lo suficiente para que yo sea real. Al final vas a perder la oportunidad".
¿Es posible construirse a uno mismo desde otro punto de partida? ¿Cambiar los referentes hacia un hedonismo del saber, o una pulsión deseperada e irracional como los decadentes de antaño? Pero todos los que veo seguir esa senda parecen payasos, farsantes o poetastros patéticos que huelen a café con leche.
La frustración es por no aprovechar la posibilidad de alejarse del mundanal ruido y buscar una vida dedicada al puro oficio de las letras. Al fin y al cabo de eso se trata este sitio... ¿qué otro encanto puede tener vivir en un lugar donde no hay nada para hacer?
En el fondo se ocultan dos sensaciones: una, la influencia del catolicismo: la purificación, no por medio de un ascetismo intramundano, sino de la reclusión... acceder a lo sagrado a través del alejamiento de lo material y lo corporal (superados en parte los moralismos sexuales, el fin de semana y sin haber dormido bien, con resfriado y dolor de espalada me muestra que he abandonado el cuerpo). La segunda fantasía es la del conocimiento total: el plíglota polímato: Borges, Valéry, Frye, Borges... gente que leyó todos los libros o que agotó una tradición. También está William Blake y Lesama Lima, fundadores de sectas de un solo integrante. Así que de nuevo el problema es religioso. El problema del agnosticismo es que lo espiratual sale por la puerta pero entra por la ventana. Y al mismo tiempo nos enfrentamos con que somos mediocres y desperdiciamos las oportunidades, que gastamos horas y horas revisando páginas inútiles de internet o pensando en política.
Así que el asunto está de nuevo en la culpa: se verifica que no se es lo que se quiere ser y entonces ese ser imagnario que uno ha creado lo mira a uno con gesto reprobatorio y le dice: "muy mal, Gabriel, pasan los días, los años, y nada que haces lo suficiente para que yo sea real. Al final vas a perder la oportunidad".
¿Es posible construirse a uno mismo desde otro punto de partida? ¿Cambiar los referentes hacia un hedonismo del saber, o una pulsión deseperada e irracional como los decadentes de antaño? Pero todos los que veo seguir esa senda parecen payasos, farsantes o poetastros patéticos que huelen a café con leche.
sábado, 10 de octubre de 2009
Programación de actividades
De repente se siente uno preocupado por cualquier tontería... horas y horas pensando en en las pequeñas comodidades y en las pequeñas neurosis. La ciudad es muy buena para eso. Al final los pequeños problemas son, como el entretenimiento, una forma de postergar el aburrimiento, pero dejando de lado las cosas importantes. ¿Pero qué son las cosas importantes? Bien pensado, la política, el éxito, yo todos los problemas con mayúscula sólo son importantes en relación con lo más pequeño, pero en sí mismos no tienen ningún valor, son también distracciones... ¿religión, espiritualidad, conocimiento? Distracciones... siempre nos estamos divirtiendo, dejando de lado algo que no sabemos qué es, y mientras tanto pasamos el tiempo. Por eso cuando uno cumple una tarea difícil, cuando tiene "éxito", cuando se convierte en lo que quería ser, debe apresurarse a poner otra meta, otra tarea, para que no se note que todo lo que se ha uno esforzado por construir es una fabricación baladí. Además el mundo debe moverse, sí, sí, luego nos ocupamos de lo otro...
domingo, 4 de octubre de 2009
Nosotros tan felices
Podemos percibirnos como perfectos siempre. Basta pensar que los errores hacen parte de la naturaleza humana o del aprendizaje. Es un lugar común, después de un mal momento o un fracaso, terminar la lista de lamentos con un, "bueno, pero el final se ha aprendido algo de todo esto", como si el dolor, la humillación o los daños fueran lo que nos quedara de los antiguos métodos de enseñanza. Entonces al final todo está bien y todo es bueno.
El problema es cuando nos encontramos con alguien que no deja abierta esa salida, alguien lo suficientemente viejo como para poder ver su vida, no como un aprendizaje, sino como una escalera en espiral que desciende a tropezones, un viejo reventado que no puede hacer ningún balance positivo. Entonces no sabemos cómo reaccionar, pues la retórica de las enseñanzas de la vida se hace tan inapropiada como si estuviéramos diciéndole a una mujer recién violada que por lo menos aprendió una nueva posición. Son personas que no se equivocaron, sino que escogieron el peor camino sabiendo que era el peor, que tomaron las decisiones equivocadas sabiendo que eran equivocadas. Tal vez lo hicieron pensando en la historia del camino pedregoso que va al cielo y el camino plano y despejado que va al infierno, y entonces cuando llegaron al final se dieron cuenta de que los dos caminos llevaban al mismo sitio, solo que los que escogieron la senda bonita llegaron antes y sufrieron menos. A esas personas se las mira con condescendencia, y se habla de ellos con una mezcla de compasión y desprecio. Y está bien, así se perciben ellos mismos. Pero en el fondo nos incomodan y nos desestabilizan; detrás de todos los discursos de consuelo frente a ellos y las exclamaciones lastimeras a sus espaldas se esconde un interrogante: ¿por qué seguir siempre el camino razonable? ¿Por qué escoger siempre la opción que parece más feliz y sensata?
Al final la infelicidad del viejo reventado no es menos significativa que nuestra situación confortable. Tal vez esa gente no se creyó la historia del paraíso al final del camino de espinas, tal vez sabían que al final no había paraíso para nadie; el camino plano, que se podía abarcar con una mirada, no valía la pena, y quizás entre las espinas había algo escondido. Tal vez ellos preferían llegar al final sin nada en las manos a andar rápido sabiendo que no habían intentado encontrar ese algo. Al final perdieron, pero recuerdan cada piedra y cada espina; nosotros los del camino plano, no recordamos nada.
El problema es cuando nos encontramos con alguien que no deja abierta esa salida, alguien lo suficientemente viejo como para poder ver su vida, no como un aprendizaje, sino como una escalera en espiral que desciende a tropezones, un viejo reventado que no puede hacer ningún balance positivo. Entonces no sabemos cómo reaccionar, pues la retórica de las enseñanzas de la vida se hace tan inapropiada como si estuviéramos diciéndole a una mujer recién violada que por lo menos aprendió una nueva posición. Son personas que no se equivocaron, sino que escogieron el peor camino sabiendo que era el peor, que tomaron las decisiones equivocadas sabiendo que eran equivocadas. Tal vez lo hicieron pensando en la historia del camino pedregoso que va al cielo y el camino plano y despejado que va al infierno, y entonces cuando llegaron al final se dieron cuenta de que los dos caminos llevaban al mismo sitio, solo que los que escogieron la senda bonita llegaron antes y sufrieron menos. A esas personas se las mira con condescendencia, y se habla de ellos con una mezcla de compasión y desprecio. Y está bien, así se perciben ellos mismos. Pero en el fondo nos incomodan y nos desestabilizan; detrás de todos los discursos de consuelo frente a ellos y las exclamaciones lastimeras a sus espaldas se esconde un interrogante: ¿por qué seguir siempre el camino razonable? ¿Por qué escoger siempre la opción que parece más feliz y sensata?
Al final la infelicidad del viejo reventado no es menos significativa que nuestra situación confortable. Tal vez esa gente no se creyó la historia del paraíso al final del camino de espinas, tal vez sabían que al final no había paraíso para nadie; el camino plano, que se podía abarcar con una mirada, no valía la pena, y quizás entre las espinas había algo escondido. Tal vez ellos preferían llegar al final sin nada en las manos a andar rápido sabiendo que no habían intentado encontrar ese algo. Al final perdieron, pero recuerdan cada piedra y cada espina; nosotros los del camino plano, no recordamos nada.
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